martes, 23 de agosto de 2016

El Eco Entre Cuatro Paredes

Un par de caníbales raptan a una chica y la llevan a su departamento, listos para comérsela. Ella, gracias al vodou, logra invocara a un lwa: un ente que funciona como intermediario entre los mortales y un dios supremo. Él detiene a sus captores, pero desata así un ciclo de improbabilidad que arrastrará a todo el que habite ese lugar en un viaje sobrenatural. 

Como mudas testigos, las cuatro paredes del departamento incrementarán los temores, culpas, desconfianza, y tabúes de cada inquilino, llevándolos hacia conclusiones insospechadas donde cada quién recibirá su merecido a manos de los fantasmas que ellos mismos han creado.

259 páginas. Español.


viernes, 22 de abril de 2016

jueves, 21 de enero de 2016

Un Día en la Banda de Möbius

   El despertador. Creí que era sábado. Debe ser viernes.

   Sin pensar, lanzo el brazo hacia el aparato. Botón de repetición. Lo presiono dos o tres veces, sin efecto, antes de abrir los ojos. El parpadeante número siete, dos puntos, cero cero, me molesta. Qué fiaca. Presiono el botón una vez más pero el pitido, molesto también, continúa.

   ¿Qué fue lo que me dijo? El despertador es de mi compañero de cuarto. Es profesor en una prestigiosa universidad. Físico teórico. Para mí, es uno de esos científicos locos. “No hay que presionar la repetición,” eso fue lo que dijo. “No te molestes en presionarlo, porque no sirve,” hubiera sido una advertencia más adecuada.

   La radio suena mientras me desvisto. A veces pienso que lo único que cambia en mi día a día son las canciones que escucho. Ducha, camisa, zapatos. Algo falta. ¿Largarme? El frío viento me pega en las piernas desnudas. Regreso por el pantalón que no me puse al salir del departamento.

   Seré de los primeros en comprar uno de esos automóviles automáticos. Auto-automóviles. De los que se manejen solos, me refiero. Al fin y al cabo, diario manejo la misma ruta. ¿Por qué no dejar que una máquina haga el trabajo pesado? Con la nueva política de estacionamiento, incluso llego cada día al mismo cajón.

   Hablar con los colegas, prepararse un cafecito, almorzar y comer en las mismas fondas y cadenas de comida rápida. Sinceramente, ahora que lo pienso, creo que no he dejado de ir al comedor de la empresa en un largo tiempo.

   ¿Es importante describir a qué me dedico? Es una pregunta retórica. “No, no lo es,” sería una buena respuesta capciosa. Capciosa porque una vez entró una mofeta a la oficina y fue un día bastante divertido. Eso sucedió hace... hace demasiado. No recuerdo la fecha exacta. ¿Lo viví o lo soñé?

   El punto es que el camino de regreso es, también, aburrido. Para la cena, lo que sobró de la cena de ayer. En este momento, no son más que pedacillos de carne y restos de vegetales. Vegetales vestigiales de algo que no recuerdo haber comido en mucho tiempo. No miento, no sé qué cené anoche.

   La programación de la televisión no ofrece cosas innovadoras ni demasiado interesantes. Los sitios web a los que ingreso tampoco. Las bromas son de ayer, anteayer, y así sucesivamente hasta el primer, y único, día en que las encontré graciosas.

   Aun así, me voy a la cama hasta que mis ojos están completamente rojos. Si me lo preguntan, ni siquiera estoy seguro sobre qué vi en internet. Pornografía, tal vez. Es curiosa, la cantidad de medios que consumo sin reparar en su calidad. Comida chatarra por todas partes, para el estómago y el cerebro. Para el corazón. Todo en este mundo te tapa las arterias.

   Pero bueno, ya es el fin de semana. Una desvelada hoy no me hará daño. Apenas y me pregunto por qué no quedé con algún amigo o alguna chica para salir por una cerveza o un gin tonic. En fin.

   El ojo pelón consuetudinario. Doy algunas vueltas casuales sobre la cama. Siento calor, mucho calor. Diablos. Es una de esas noches clásicas. Parecerá que en cuanto pueda conciliar el sueño, sonará la alarma. Nunca falla. Ah, pero ya es el fin de semana, ¿no? ¿Ya dije eso? Siento que el cansancio por fin me noquea, es el último pensamiento consciente que tengo en esta noche sin estrellas ni Luna.

   El despertador. Creí que era sábado. Debe ser viernes.


Cuento Corto. Octubre, 2015.

jueves, 24 de diciembre de 2015

Navidad Cinco

   “Pero, ¿cómo lo hace, mami?”

   “No lo sé, cariño. Es sólo magia.”

   Chance no estaba satisfecho con la respuesta de su madre. Se quedó ahí, mirándola con sus ojos marrones completamente abiertos. Ella dejó la vela sobre la mesa y volteó hacia él.

   “Cariño,” dijo, “de verdad no lo sé. Él no es como tú, o como yo. Él sólo puede hacerlo y lo hace. Tú solamente ten fe.” Acarició la mejilla de Chance y sonrió. Lo besó en la frente. “Ahora ve y termina de escribir tu cartita. Si no lo haces, ¿cómo sabrá qué traerte?”

   Chance se alejó y se sentó en su pequeña mesa, junto al árbol de Navidad. Tomó un crayón verde y continuó. Se había convertido en una tradición, el escribir su carta para Santa y decorarla con un pequeño dibujo. Este año era de una tortuga. Su mente no estaba completamente concentrada en lo que hacía, y siguió pensando hasta que llegó a la conclusión: si Santa Claus podía llevarle juguetes a niños de todo el mundo en una sola noche, ¿no debería ser capaz también de saber qué quería para Navidad sin que él tuviera que escribirlo? Él debería ser mágico, después de todo.

   Su padre regresó. Había ocupado la mayor parte de la última media hora buscando su revista de edición especial de la pretemporada de fútbol americano. Había estado enterrada en algún lugar de su estudio por demasiado tiempo, y ahora era tiempo de sacarla de nuevo y recordar las estadísticas y pronósticos sobre cómo se iban a desempeñar los equipos a lo largo de la temporada. Se sentó en el sillón, a un par de metros de Chance, y continuó viendo el juego mientras hojeaba la revista. Poco después, mamá se acercó.

   “La coronita está lista,” dijo mientras se sentaba sobre el reposabrazos.

   Papá la miró de soslayo. “El tercer cuarto está terminando,” dijo despreocupadamente y resumió viendo el partido. El silencio inundó la habitación mientras sentía la mirada de su esposa, todavía sobre él. “Cinco minutos más,” dijo.

   “Cinco. Ni uno más.”

   Su padre asintió con la cabeza.

   “Voy por Marnie,” dijo mamá. Caminó hacia la escalera. “Chance, prepárate para la coronita.” Procedió hacia arriba.

   Chance miró a su padre, quien le guiñó un ojo. Diez minutos después, los cuatro estaban sentados a la mesa.

   La corona de Adviento era una tradición familiar. Cada domingo, durante las cuatro semanas previas a la Navidad, encenderían cada una de las cuatro velas de la corona, tendrían una actividad familiar y dirían una pequeña plegaria. Era la primer semana, así que la actividad era que sus padres les contaran cómo se prepararon para los nacimientos de él y de su hermana. Chance ya conocía las historias. Las recordaba del año previo, y del anterior a ese. Su mente comenzó a vagar y se fue a la deriva, hasta que su madre le llamó.

   “Chance, ¿quieres decir la plegaria de hoy?”

   Él negó gentilmente con la cabeza. Su madre volteó a ver a Marnie, quien también negó con la cabeza.

   “De acuerdo, yo lo haré hoy. Pero uno de ustedes lo hará el próximo domingo.” Los cuatro se tomaron de las manos. Su madre dio gracias y pidió salud y prosperidad para toda la familia. Su rito había terminado.

   Sus padres comenzaron a cuestionar a Marnie. Le preguntaban cómo se sentía en la preparatoria y si ya tenía alguna idea sobre a qué universidad querría ir. Como Chance no estaba interesado, regresó a su pequeña mesa y a su dibujo. Cuando terminó, se levantó y se acercó a la media.

   “¿Necesitas ayuda, enano?” le preguntó su hermana. Sin que Chance se diera cuenta, ella se había sentado en el sillón y ahora estaba leyendo algunos panfletos.

   Él sabía que estaba fuera de su alcance. Chance volteó a ver a su hermana, le sacó la lengua y comenzó a arrastrar su pequeña silla hacia la pared.

   Marnie rió y se levantó, caminó hacia él. “No la hagas de emoción, enano. Vamos… dámela,” dijo mientras estiraba su mano.

   “No me digas enano,” dijo Chance autoconscientemente. Pensaba que, incluso para un niño de nueve, era un poco demasiado bajo.

   “De acuerdo, hermano,” dijo Marnie después de un momento. Estiró su mano nuevamente.

   Chance le dio la carta. “¡No la leas!” gritó cuando Marnie comenzó a abrirla. Ella sonrió y la cerró, la lanzó dentro de la media. “¿Tú ya escribiste la tuya?” preguntó.

   “No.”

   “¿Por qué no?” preguntó Chance.

   “Quiero algo que Santa no puede traerme.” Marnie caminó de vuelta al sillón. Chance la siguió.

   “Pero… él es mágico, ¿no es cierto? ¿Qué le sería imposible traerte?” Se sentó junto a su hermana.

   “Lo comprenderás cuando crezcas,” dijo. “Además, no quiero acaparar a Santa. ¿Qué tal que le pidiera algo tan grande que sólo pudiera traérmelo y no te trajera nada a ti?” Chance abrió los ojos y Marnie rió de nuevo. Le dio una palmada en la cabeza. “¿Ves? Pero no te preocupes. Te traerá lo que le pediste.”

   “¿Marnie?” Su hermana volteó a verlo expectante. “¿Cómo lo hace? ¿Cómo logra llevarle juguetes a todos los niños del mundo en una sola noche?”

   “No le sé, pequeño mocoso. Ahora vete,” le dijo mientras lo despedía con la mano. Levantó uno de sus panfletos y siguió leyendo.


   Las siguientes semanas transcurrieron lentamente para Chance. Incluso más que en años previos, se encontró esperando dolorosamente por Santa Claus, y los regalos que traería, por supuesto. Los momentos que encontraba más confortables eran cuando hablaba con sus amigos sobre qué le habían pedido. Era gracioso cómo decían estar seguros de estar en la lista de ‘niños bien portados’, pero se mantenían cautelosamente dubitativos por dentro. Si le hubieran preguntado, Chance probablemente diría que la conversación más interesante que había tenido fue con su amigo Thomas.

   “No te creo,” había dicho Chance.

   Tom se encogió de hombros. Comenzó a alejarse.

   Chance corrió tras él. “Pero, o sea… dime cómo.”

   “Solamente me desperté, ¿de acuerdo? Rayos, ¡no debí haberte dicho nada!” Tom aceleró el paso.

   “Pero… ¿sólo despertaste y estaba ahí? ¿En tu cuarto?”

   “No bobo, no en mi cuarto.” Los dos se detuvieron. “Bajé y ahí estaba, junto al árbol.”

   “¿Y?”

   “Y… ¿qué?”

   “¿Y qué hiciste?” La voz de Chance fluctuaba entre admiración y desconcierto.

   “Nada. Regresé a mi cuarto.”

   “No te creo,” había dicho Chance una vez más.

   Ahora era Nochebuena. Las luces del árbol tocaban su usual sinfonía de claroscuros, mientras Chance y su hermana miraban caricaturas festivas especiales en la televisión. Mamá cocinaría un festín y papá saldría a comprar algunos menesteres de último minuto. Todo era demasiado lento. Chance sintió que incluso los ritos religiosos del día y la cena de Navidad se desarrollaron con demasiada parsimonia. Estaba ansioso por el caer de la noche. Había ideado un plan maravilloso.

   Justo antes de ir a la cama, Chance bebió un litro y medio de agua. Las ganas de hacer pipí lo despertaron a las dos y media de la mañana. Sus pasos no fueron escuchados mientras se abría paso abajo. El piso se abstuvo de crujir y las puertas se abstuvieron de rechinar. Y ahí estaba, por fin. El árbol de Navidad, sin regalos todavía. Pensó en sentarse en el sillón, pero temió que su cuero sonara, delatando su posición. Se sentó en el piso. Para las dos con cincuenta, era incontrolable y fue al baño. Lo hizo lo más rápido que pudo, y corrió de regreso sin siquiera jalar la cadena o lavar sus manos. Sin embargo, Santa ya había venido y se había ido. Decepcionado, Chance volvió a la cama.

   Su hermana lo despertó más tarde, instándole a “no ser un puerco” y a “jalar la cadena cuando fuera al baño”. Cuando bajó, abrió su regalo. Era la figura de acción de superhéroe que había pedido, envuelta en una caja plateada con un moño dorado. El desayuno, almuerzo y cena familiares vinieron, así como una serie de juegos de mesa en los que Chance no participó. Estaba sentado junto al árbol de Navidad, ignorando todos los distantes sonidos, simplemente jugando con su nuevo juguete. Por la noche, sintió como si hubiera dormido por un largo, largo tiempo.


   El año que vio a Chance cumplir diez fue borroso. Tenía vagos recuerdos de los momentos que había experimentado y de las cosas que había visto a lo largo del año. La único certeza que tenía era que el otoño había venido después del verano, y que ambos habían sucedido a la primavera. Era invierno de nuevo, y once meses habían pasado de un momento a otro. Chance estaba vistiendo unos pantalones formales negros, una camisa blanca formal y un corbatín negro. La fecha que el calendario marcaba era diciembre 24. Iban a pasar Navidad con sus abuelos. Probablemente. Pronto, Chance estaba pensando nuevamente sobre Santa Claus, precisamente sobre cómo sabría dónde entregar los regalos si es que él estaba visitando familia lejos de casa. Su madre lo llamó y el viaje comenzó.

   La cena de Navidad fue grandiosa. A Chance siempre le había gustado la sazón de su abuela, especialmente su pato a la naranja. Todos estaban comiendo postre después del plato principal. Bueno, todos menos Chance. Sus abuelos estaban charlando con Marnie, preguntándole sobre qué quería hacer con su vida. Chance se levantó de la mesa y vagó por la casa. Bajó al sótano. Ahí, encontró una larga cuerda con cascabeles atados a ella. Sonrió y se la llevó consigo, la escondió en el cuarto de huéspedes donde él y su hermana iban a pasar la noche. Cuando todos se fueron a la cama, él se escabulló hasta la sala. Ató la cuerda a la chimenea, junto al árbol de Navidad, y regresó a su cuarto. No estaba seguro de cómo lo había logrado sin haber despertado a todos, pues los cascabeles sonaban salvaje y ruidosamente.

   Chance despertó por el repicar. Sintió miedo por un momento. Cuando recordó que él era el artífice del sonido, se abalanzó hacia la sala. Estaba tan emocionado que no notó la cama vacía junto a la suya, o que la luz del sol ya se estaba filtrando entre las cortinas. Su hermana estaba ahí, de pie, jugando con los cascabeles, como si estuviera componiendo una canción. Era demasiado tarde, y los regalos ya estaban debajo del árbol. Los padres y abuelos de Chance llegaron a la sala y se detuvieron junto a ellos hasta que Marnie terminó de juguetear. Después, los regalos se abrieron. Chance obtuvo un par de patines. Salió a probarlos y no regresó hasta que fue tiempo de regresar a casa. Entonces, en el asiento trasero, se quedó profundamente dormido.


   Chance estaba metido en la cama. Con pereza, abrió un ojo, luego el otro. Se levantó y salió de su cuarto. La casa estaba sumida en la obscuridad, y la única cosa que Chance podía escuchar era el distante tañer del reloj de la sala de estar. Bajó hasta el sótano. Había un gran calendario, que él no reconoció, colgado en la pared. Se sentía tan soñoliento que no pudo leerlo. Sin embargo, él sabía la fecha. Era el 25 de diciembre, y otro año se había ido sin que él realmente sintiera su paso. Todo estaba brumoso, fuera de foco. Lo intentó, pero ni siquiera pudo recordar su fiesta de cumpleaños. Había cumplido once ese año. El reloj marcó las dos de la mañana mientras regresaba arriba.

   El piso de la cocina estaba impecable, y la despensa estaba llena de cajas de cereal y pan. Y harina. Chance tomó el gran paquete de harina y se lo llevó a la sala de estar. Solamente se dejó llevar por la corriente, moviéndose mecánicamente, incluso cuando comenzó a esparcir el polvo blanco por todo el piso, comenzando frente a la chimenea y hasta el árbol de Navidad. Chance se sentía cansado, y no comprendía por completo por qué había esparcido la harina. Tal vez, en un nivel subconsciente, sentía que las huellas de Santa serían una prueba válida de su habilidad de recorrer el mundo en sólo una noche. Regresó a su cama, dejando el paquete en el primer escalón de la escalera.

   Los gritos de su madre lo despertaron. Chanco corrió abajo. Su madre estaba bastante alterada y su hermana estaba riendo incontrolablemente. Su padre había comenzado a barrer. Toda la sala estaba cubierta de una blanca capa de harina, como si hubiera nevado dentro de la casa, y las huellas de la familia estaban por todas partes, excepto por un estrecho pasillo que iba desde la chimenea hasta los regalos frente al árbol: un par de nuevas bicicletas, para Chance y su hermana. Chance sonrió, incrédulo. Su madre, al descubrir su mueca, hizo que aspirara toda la casa.

   La fría brisa se sentía bien sobre su rostro mientras rodaba su nueva bicicleta cuesta abajo. Su hermana también había salido en la suya, pero no sabía a dónde se había ido. Lo único que importaba ahora era el paseo. Corría contra el viento, pedaleando tan rápido como podía. Regresó a casa por la tarde. Sus padres estaban viendo el juego de fútbol americano de Navidad en la televisión. La puerta de su hermana estaba cerrada; probablemente había regresado y estaba ocupándose de sus cosas. Chance se sentía exhausto, así que entró a su cuarto y se fue a la cama. No parecía importarle demasiado el hecho que, en todo el día, no se había cambiado la pijama.


   El estómago de Chance gruñó. Despertó hambriento, sintiendo como si no hubiera comido nada hacía mucho tiempo. La casa estaba, de nuevo, obscura. La puerta de Marnie estaba abierta de par en par, así que echó un vistazo dentro. No estaba ahí, así que él siguió hacia delante. Se detuvo en la sala, donde le pareció raro no encontrar el reloj por ningún lado. Su estómago gruñó de nuevo. Entró en la cocina y abrió el refrigerador. Estaba lleno de sobras navideñas. Chance tomó un tazón de ensalada y se lo llevó a la sala. Se sentó en el sillón. Un rayo de luz de luna era lo único que disturbaba la quietud del cuarto. Apuntaba directamente al árbol de Navidad. Chance miró la media que colgaba junto al árbol. Se acercó a ella.

   La media estaba llena. Dentro, Chance encontró una carta. Era su letra, pero él no tenía recuerdo de haberla escrito. Intentó leer, pero no había suficiente luz. Un escalofrío recorrió su espalda. Depositó la carta de vuelta en la media y subió. Entró al cuarto de su hermana y buscó su antigua cámara de video. No la encontró, así que fue a su cuarto. No sabía exactamente qué estaba buscando hasta que lo encontró. Dentro de una caja que tenía una nota que decía “Feliz Doceavo” encontró una cámara propia. No importaba. Estaba moviéndose mecánicamente de nuevo, sin pensar demasiado. Colocó su cámara sobre el sillón de la sala de estar, apuntando hacia el árbol. Oprimió el botón de grabación y regresó arriba, sin siquiera pensar en lo alto que era y cómo había alcanzado la media, colgada alto en la pared.

   Su madre lo despertó. Había dejado el tazón de ensalada sobre el sillón, destapado, lo cual no era correcto. Chance se disculpó y la siguió abajo. Ni siquiera se preocupó por abrir su regalo de Navidad, que era un videojuego que había querido desde hace tiempo. Recogió su cámara y avanzó velozmente a través de todo su video más reciente. Antes que pudiera examinarlo meticulosamente, mamá lo llamó para desayunar. Cuando preguntó dónde estaba Marnie, sus padres le dijeron que ya sabía que ella no regresaría de la universidad para las festividades. Después de comer con ellos, se fue a su cuarto. Vio el video, sus siete horas completas de grabación. El ángulo de la cámara no era demasiado amplio, y no mostraba la parte baja ni alta del árbol. Durante las siete horas que observó la sección media del árbol no encontró nada fuera de lo ordinario. Chance tomó un pedazo de papel y escribió que no quería ningún regalo. Lo único que quería era saber cómo lo hacía, cómo entregaba Santa Claus los regalos de niños de todo el mundo en solamente una noche. Cuando puso la carta en la media, sus padres le dijeron que era demasiado temprano como para escribirle a Santa. A él no le importó y solamente sonrió. Regresó a su cuarto e intentó dormirse. Después de un largo tiempo, lo logró.


   El hombre vestía un traje rojo, y tenía una larga barba blanca. Sin embargo, no era tan gordo como uno lo hubiera imaginado. Chance lo encontró abajo, sentado en el sillón, esperándolo con una bonachona sonrisa en el rostro. Ya no sabía qué estaba sucediendo.

   “¿Santa?” preguntó Chance finalmente.

   El hombre de rojo asintió con la cabeza.

   “¿Estoy… soñando?”

   “Después de todo lo que te ha sucedido, de todo lo que has experimentado, ¿tú qué crees?”

   Chance se encogió de hombros. De verdad, ya no estaba seguro.

   Santa sonrió. “Una máquina del tiempo,” dijo mientras le mostraba a Chance la carta que había dejado en la media.

   De cualquier forma, Chance frunció el entrecejo.

   “Uso una máquina del tiempo, Chance. Es la única forma en que puedo entregar regalos en todo el mundo en una sola noche.” Santa se levantó del sillón. “Ven. Te lo mostraré.”

   Parecía un trineo, pintado en rojo y dorado. Los renos que lo jalaban tenían pezuñas extrañas. Botas de cohete, había dicho Santa. Sus riendas de cuero café colgaban sobre un extraño panel, al frente del vehículo. Santa presionó un par de botones, y luego jaló una palanca. El trineo no se movió. El mundo circundante, sin embargo, se lanzó sobre ellos. Pronto, toda luz los pasó de largo, sólo para terminar como un punto brillante en un lejano y ajeno espacio.

   Chance y Santa salieron del trineo y reentraron en la casa. Parecía como si nunca se hubieran ido, y aún así el aire olía distinto. Cuando llegaron a la sala de estar, Chance notó que Santa cargaba con un par de regalos, los cuales dejó bajo el árbol, y algunos dulces, los cuales depositó en la media de Chance. Santa tomó a Chance del brazo y ambos se quitaron del camino justo a tiempo para que un Chance más joven corriera dentro del cuarto y se diera cuenta que acababa de perder su oportunidad de encontrarse con Santa por ir al baño.

   “Debiste haber jalado de la cadena,” susurró Santa en el oído de Chance, mientras ambos miraban al chico regresar lentamente al piso de arriba.

   “Gracias Marnie,” dijo Chance sarcásticamente. Intentó avanzar hacia delante, pero Santa lo detuvo.

   El repicar del reloj aceleró el paso, y el tiempo incrementó su velocidad. Chance y Santa vieron cómo todo se movía más rápido. Cómo un joven Chance se quedó justo ahí, solo junto al árbol, jugando con su nueva chuchería. El tiempo se ralentizó cuando todos se fueron a dormir. Santa guió a Chance de vuelta a su trineo. Se subieron y Santa presionó otra combinación de botones. Esta vez, fueron ellos los que se movieron.

   El trineo aterrizó junto a una casa que le era familiar a Chance, y llegaron justo cuando un auto estaba estacionándose en la entrada de la casa. Los abuelos de Chance lo saludaron a él, a su hermana y a sus padres alegremente.

   “El pato siempre es una opción popular,” dijo Santa. Estaba mordiendo un bastón de dulce. “¿Sabes qué está estudiando tu hermana en la universidad?” preguntó.

   Chance no pudo contestar. No lo recordaba. Tal vez, ni siquiera lo sabía.

   Después que todos se fueron a la cama, Santa y Chance entraron en la casa por la puerta principal. Santa dejó un par de cajas, con patines, y algunos chocolates junto al árbol. Chance intentó tocar los cascabeles que colgaban de la chimenea, pero Santa se lo impidió. Salieron de la casa y esperaron a que todos despertaran. Escucharon a Marnie tocar los cascabeles, y vieron cómo un joven Chance salía, se ponía sus nuevos patines, y se perdía en el horizonte.

   “¿Quieres saber qué hizo tu familia mientras no estabas?” preguntó Santa.

   Chance se encogió de hombros. Sí sentía un poco de curiosidad.

   “Oh,” dijo Santa mientras miraba su reloj, “no hay tiempo… tal vez en otra ocasión,” dijo. Ambos regresaron al trineo y volaron de vuelta a casa.

   La sala de estar estaba cubierta de harina. Santa acababa de poner dos bicicletas junto al árbol, sin siquiera molestarse en cubrir las pisadas que había dejado. Ahora, él y Chance estaban esperando, sentados en el sillón. El sol comenzó a salir, y Chance estaba mirando nerviosamente a Santa.

   “Dejaste tus pisadas por todo el piso.”

   Santa sonrió. Asintió con la cabeza, como un pequeño niño travieso.

   Chance escuchó que una puerta se abría. Se abalanzó hasta la escalera, tomó el paquete de harina y lo esparció por todo el piso, cubriendo las huellas de Santa. Después se detuvo a mirar cómo su madre hacía que su yo más joven limpiara todo. Vio cómo su hermana y él salían, y luego cómo Marnie había regresado sola, llorando.

   “¿Por qué está llorando?” preguntó Chance.

   “¿No lo recuerdas?”

   “Yo…” Chance titubeó, “yo no lo sé. ¿Dónde están mamá y papá? ¿Por qué no están aquí?”

   “No lo sé, Chance,” dijo Santa, “yo tampoco estaba aquí. Debemos irnos,” dijo y guió a Chance de vuelta al trineo. “Me parece que tenemos tiempo para una última entrega.”

   Cuando llegaron, Chance supo lo que había que hacer. Tomó el regalo y se encaminó hacia el árbol. Santa lo detuvo. Señaló la cámara que estaba sobre el sillón. Santa la apagó y la prendió de nuevo después que Chance hubiera dejado el regalo bajo el árbol.

   “No comprendo. Yo miré… miraré… no, yo miré todo lo que había en esa cámara,” dijo Chance.

   “Sí, lo hiciste,” dijo Santa lacónicamente.

   “Pero… debí de haberme dado cuenta que la apagaste por un momento, en el temporizador del video.”

   “Los detalles más importantes de la vida son a menudo a los que les ponemos la menor atención.”

   Chance todavía estaba pensando en la última frase de Santa cuando salieron del trineo. Sabía que habían regresado al momento en que se conocieron. Santa lo acompañó a su cuarto y se despidió. Tal vez Chance tenía trece años ahora, y sentía que tal vez había vivido con una venda sobre los ojos por cinco años. Tal vez había obtenido respuestas y preguntas a cosas de las que ni siquiera había pensado antes. Tal vez… todo era un sueño y había más magia de la Navidad de la que él hubiera pensado. Chance se acurrucó en su cama y esperó por un largo tiempo, escuchando los latidos de su corazón y el vaivén de sus pulmones. Se quedó dormido.


   El árbol de Navidad estaba refulgente, como siempre. Un rayo de luz se filtraba a través de una de las ventanas y lo alumbraba directamente, como un faro para el importante huésped que regresaba cada año. Debajo del árbol había una caja plateada con un moño dorado. El regalo de Chance. Tragó saliva y lo abrió lentamente. Era la figura de acción de superhéroe que ya conocía. Sonrió. Tal vez Chance tendría una segunda oportunidad.les, y vieron cando fue al baño.d chance. her.regalos."egunt accioiera habioel video."o al scabeles, y vieron cando fue al baño.

   No habló ni una palabra durante el desayuno, así que su madre finalmente le preguntó qué tenía.

   “Nada,” murmuró Chance.

   “¿Estás seguro?” preguntó su madre.

   Chance asintió con la cabeza. “Creo…” dijo después de un rato, “creo que ya sé sobre Santa.”

   Los ojos de la mamá de Chance se abrieron. Había un atisbo de miedo en ellos. Miró al papá de Chance, quien negó ligeramente con la cabeza. Después, miró a Marnie, quien se encogió de hombros y negó también. “¿A qué te refieres, cariño?” preguntó cuidadosamente.

   “Creo que usa una máquina del tiempo. Ya sabes, para entregar los regalos.”

   Mamá suspiró con alivio. “Tal vez lo hace.”

   “No, no creo. Eso no tiene sentido,” dijo Marnie. Guardó silencio en cuanto sintió la mirada de su madre sobre ella.

   “Pero creo que no importa de todos modos,” dijo Chance. “Así que… ¿qué juegos jugaremos hoy?”


Cuento Corto. Diciembre, 2014.

domingo, 14 de diciembre de 2014

Maratón de Mixtura: Pilón

El Vicio Presidente

¡Te quiero a ti!, para decir no a las drogas

Y, bueno, es así que termina el maratón. Esta última pieza, por cierto, me recuerda que... ¡hay nueva mercancía en REDBUBBLE!

sábado, 13 de diciembre de 2014

viernes, 12 de diciembre de 2014

Maratón de Mixtura VI

¡Presentación doble! En honor a los estrenos que están a la vuelta de la esquina y que tienen a la mayoría de la gente emocionada:

El Saiyajin: La desolación de Shenlong

Yo soy fuego... yo soy muerte

Star Mario Kart

Mejor que un sable de luz con guardias

jueves, 11 de diciembre de 2014

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Maratón de Mixtura IV

Los Sospechosos Budokai

¡Dame las malditas llaves, tú chupavergas... hijo de perrablaghablaghblagh!

martes, 9 de diciembre de 2014

lunes, 8 de diciembre de 2014

Maratón de Mixtura II

Escuadrón Asesino Hongo Letal

Ese mujer merece su venganza y nosotros... nosotros merecemos morir

¿Vieron Kill Bill? Es lo mismo, sólo que Mario es Bill. ¿Por qué? ¿Por qué no?

... comienzo a ver un patrón aquí...

domingo, 7 de diciembre de 2014

Maratón de Mixtura I

La semana... ¿empieza en lunes o en domingo? Digamos, por el bien de la siguiente serie de entradas, que empieza en domingo.

¿Han notado cómo algunos autores crean sus obras basándose en amalgamas de personajes, situaciones, temática, etc.? A veces, es necesario sonar con la voz de otros para poder encontrar la propia. De una u otra forma, analizar el legado que han dejado los artistas de antaño nos permite descubrir lo que más nos gusta, el anhelo que mantenemos arraigado en lo más profundo de nuestro ser.

La siguiente serie de entradas posee un poco de esa verdad dentro de ella. Cada iteración posee una mixtura de elementos, dentro de un género único: el dibujo. Así pues, sin subsecuente preámbulo, la pieza que da inicio al maratón:

La Liga del Hongo: Bowseid Asciende

Super... ¿Superquién?

Manténganse conmigo. Bowser es Darkseid por... alguna razón, así que la Liga del Hongo (de la Justicia) tiene que detenerlo. Mario es Batman -obviamente, porque Batman es increíble -y Luigi es Linterna Verde. Peach (o Toadstool, si es que les gusta Super Mario RPG, como a mí) es la Mujer Maravilla. Yoshi es J'onn J'onzz, el Detective Marciano, y Toad el Hongo es Superman porque, aunque el hongo no me cae mal, Superman apesta.

viernes, 5 de diciembre de 2014

Navidad Capitalista

El capitalismo no es más que usufructuar algo.

No es algo malo o adverso... simple y llanamente es aprovechar las habilidades propias para obtener alguna ganancia y, en muchas ocasiones, constituir una forma de vida.


Así que... pues nada... compren y así...

Para que ésta no sea una Pesadilla antes de Navidad...

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Un Cuento de Navidad

"¡Bah, patrañas!" exclamé cuando esto me ponchó la llanta trasera de la bicicleta la semana pasada:

Es una maravilla... que algo tan pequeño pueda derribar a una leyenda...

"¡Bah, patrañas!" exclamé cuando, dos días después, esto me ponchó la misma llanta:

Todos los hombres caen... son sólo el momento y el método los que difieren...

Esta semana fue el pedal de mi bicicleta el que sucumbió ante la Dama Destino. Créanme, oh hermanos, que no dije simplemente "bah, patrañas". Los improperios que elevé al cielo, así como las heridas que quedaron en mis pies, que derraparon por diez metros sobre el pavimento, quedarán grabados en mi mente por siempre.

Debido a la naturaleza gráfica de mis pies, he decidido no publicar su fotografía. En su lugar, aquí está la portada de mi primer novela corta, ya disponible en Amazon

Nunca es agradable estar herido o estar enfermo, confinado a una cama, con una movilidad menguada por el azaroso e implacable paso de la vida. Sin embargo, a veces puede darte algo. Puede darte, tal vez, tiempo para pensar, o puede darle tiempo a los Fantasmas de la Navidad, para que te visiten.

¿Alguna vez han visto La Ciudad que Santa Olvidó?

Es un lindo cuento de Navidad, en que un niño comprende el significado real de los juguetes y de los regalos

Cuando empecé a pensar en cuánto me gustaba recibir presentes navideños cuando era más joven, el primero llegó. Era una aparición que emanaba calidez y ternura. También olía a jugo de uva. Era una dama morena, con el cabello dorado. Su purpúrea túnica cubría su cuerpo por completo y se extendía varios metros detrás de ella. Se acercó y se sentó sobre la cama, sonriendo. Nos quedamos sin hablar por un largo rato.

"Hace mucho que la Navidad no te emociona," dijo por fin, "o al menos no tanto como antes."

Yo simplemente me encogí de hombros y moví la cabeza levemente, a manera de tenue afirmación.

"¿Qué es lo que más te gustaba?" preguntó, "¿qué es lo que recuerdas con más cariño?"

Recuerdo... las cartas, y la emoción que me daba escribirlas, deseando con fervor algún juguete, haciendo dibujos para un tal Santa Claus. Recuerdo poner el árbol de Navidad con mis padres, el veinte de noviembre, mientras veíamos una película sobre Pancho Villa. Recuerdo, por supuesto, el pollo en achiote, y la sopa de codito, e incluso recuerdo los emparedados que preparábamos a manera de tentempié antes de la fastuosa cena. Recuerdo los abrazos, y el constante decir de "Feliz Navidad" en cada esquina. Recuerdo esa vez que me vestí con pantalón de vestir, camisa blanca formal y un genial corbatín negro, siendo todavía un niño. Recuerdo la corona de adviento, y cada plática dominical con mis padres. Recuerdo las vacaciones. Recuerdo la mañana de Navidad, con juegos y chocolates debajo del magnífico y precioso árbol. Recuerdo el día de Navidad, con las ensaladas de manzana y zanahoria, y el budín. Recuerdo... el recalentado. Recuerdo a mis amigos, y los mensajes y las llamadas llenas de buena vibra y buenos deseos, llenas de cariño y de jovial felicidad. Recuerdo estar con la gente que amo, simplemente sentado, viendo los especiales navideños, como La Ciudad que Santa Olvidó, sonriendo.

Cuando volteé, el Fantasma de las Navidades Pasadas se había ido. Sin embargo, su olor a jugo de uva se quedó conmigo por un buen rato.

Me levanté de la cama con trabajo, intentando no doblar los dedos de los pies. Salí de la habitación y tomé un vaso de jugo de guayaba. Cuando volví, un fornido hombre estaba sentado sobre mi cama. Tenía una tupida barba negra, un gorro negro con amarillo y un megáfono. Su túnica, roja, era tan grande que parecía la colcha de la cama.

"¿Cuál es tu plan para hoy?" me preguntó el hombre. Su voz era acentuada por el megáfono, pero no amplificada.

Yo miré hacia abajo, hacia mis pies. Luego, volteé hacia la aparición, el Fantasma de las Navidades Presentes. Me encogí de hombros.

"Veo que tus pies te tienen un poco decaído, chico," dijo el hombre, "pero sé exactamente lo que necesitas para salir del bache." El hombre sonrió y se acercó a mí. "Sostén esto," dijo mientras alzaba una toalla amarilla.

Cuando la tomé entre mis manos, todo el paisaje cambió. Ya no estábamos en mi recámara, sino en una gran tienda... en el departamento de juguetería.

"Compra de aparadores," dijo, a través de su megáfono. Sonrió y caminó hacia un estante. Yo lo seguí lentamente, pues mis pies seguían lastimados. Ahí, dispuestos y apilados unos sobre otros, había mil juegos de mesa, de todos los colores y sabores, y para todas las edades...

8 de cada 10 hígados lo recomiendan

¿Han notado que los juegos de mesa no son lo que eran antes? Recuerdo que existía un Uno, pero ahora hay mil versiones del mismo juego. Había una versión única de Monopoly, pero ahora hay versión superhéroes y versión marcas y versión restaurantes extremos. Toda esa vorágine de nuevas direcciones, aunadas a productos como:

También conocido como Comparte Microbios Bucales FÁCIL

¿Morida? ¿¡Morida!? Bueno, supongo que, al menos, escribieron así ese vocablo adrede, ¿cierto?... ¿¡cierto!?

¿Resusitar? ¿¡Resusitar!? El DRAE es el que está deshecho y revolcándose en su tumba

Y, por supuesto, no pueden faltar los clásicos, si bien también un poco modificados, como ese juego en que tienes que actuar lo que tu amiga tiene en la cabeza:

Un mimo demente zombi, una banda de rock caníbal y, posiblemente, superficial...

... una trompeta diabólica y cachetona...

Después de un rato de estar divagando, me di cuenta que la segunda aparición no estaba. Me había dejado varado en la sección de juguetería de alguna tienda. Me crucé de brazos disgustado, justo cuando sentí que alguien me tocaba en el hombro. Era el Fantasma de las Navidades Presentes. Me ofreció la toalla amarilla de nuevo, y al tocarla regresamos a mi habitación.

El Fantasma me entregó una pequeña caja. "Juega un poco," me dijo, "y te llamaré cuando el aparador esté listo."

El críptico mensaje del Fantasma me sorprendió, pero pensé que todo debía ser parte de la magia. Abrí la caja y encontré una copia de Chrono Trigger adentro. Sonreí y me puse a jugar. A decir verdad, una de las costumbres que todavía practico es la de jugarlo en tiempo de fin de año. Después de un rato, la aparición me llamó, pidiéndome que lo acompañara al piso de arriba. Fruncí el entrecejo, pero subí las escaleras con cuidado. El Fantasma de las Navidades Presentes se había ido, pero me había dejado un regalo.

Había armado un aparador, de donde ahora colgaban los dibujos que había hecho a lo largo de mi vida. Había imágenes que se movían, eran todas las animaciones que había creado. Estaba, en su propio podio, la novela corta -en español y en inglés -que escribí. Había también un pequeño árbol de Navidad, con una pequeña nota que decía "La compra de aparadores siempre ayuda... y ahora dedícate a lo que más te gusta hacer, viviendo con la alegría Navideña en tu corazón. Sólo en hacer el arte que anhelas, está la respuesta a tus inquietudes".

Tenía todavía una sonrisa en la boca cuando salí de la regadera. Incluso estaba cantando. Mientras me secaba los pies con cuidado, un denso vapor inundó el baño. Era casi como una neblina, un tanto lúgubre y con un etéreo resplandor sobrenatural. Me puse unos pantalones y una camiseta, y fui hacia la sala de estar. Ahí me estaba esperando ya la tercera aparición, el Fantasma de las Navidades Futuras. Lo cubría un largo manto gris con capucha, así que no podía ver su rostro. Sentí miedo.

"¿Acaso eres el heraldo de lo que pasará en las Navidades próximas?" pregunté, mi voz entrecortada.

La silueta afirmó, moviendo la cabeza lentamente. Luego se deslizó hacia mí.

"Me causas temor, aparición," dije, "más aún de lo que me hicieron sentir tus predecesores."

La silueta se encaminó hacia mi recámara. Cuando se hubo posado debajo del dintel, volteó a verme. Alzó el brazo, y con él me indicó que lo acompañara. Lo hice, despacio, arrastrando los pies por ambos el dolor de mis heridas y el temor que se había apoderado de mi razón. La aparición señaló mi antiguo Super Nintendo. Yo fruncí el entrecejo. La aparición volvió a señalar la consola de videojuegos.

Me acerqué hacia la consola y me agaché. Pude escuchar un distante murmullo, como una pequeña risa. Volteé a ver a la aparición, y me encontré con que se había deslizado junto a mí. El corazón retumbó en mi pecho y tuve que inhalar profundamente. Sin embargo, volví a escuchar esa pequeña risa. Me levanté de un salto y le quité la capucha. Su cara era la de una niña pelirroja, risueña. Trastabillé por la sorpresa. La niña me volteó a ver, todavía sonriendo. Se quitó el manto por completo. Estaba parada sobre los hombros de otro niño, con el cabello castaño, que también estaba riendo. La niña bajó de un salto y ambos se acercaron a mí. Me tendieron las manos, y con su ayuda me puse de pie. Los dos señalaron hacia el Super Nintendo.

Conecté la consola y le di a cada uno un control. El juego era Super Mario Kart. Me quedé solamente observándolos, cómo jugaban y se retaban, decidiendo carrera tras carrera quién conduciría con Yoshi la siguiente partida. Después de un rato, tomé la computadora y comencé a escribir este cuento. Cuando alcé la mirada, tras terminar el primer párrafo, los niños se habían ido. Continué con mi escritura. Ahora estoy pensando, meditando cuál sería el final perfecto para este pequeño relato, y supongo que cada uno de nosotros debe decidir cómo tratar su pasado, presente y futuro... tanto en el tiempo de Navidad como en el tiempo de verano...

sábado, 1 de noviembre de 2014

Y el Celuloide... ¿a dónde va?

Allá en el Camposanto

las Calaveras Alegres,

dejando de lado el llanto,

forman ruidosos tropeles.


Se sientan frente a los muros

de su querido panteón,

contemplan los claroscuros

que lo convierte en odeón.


Y es que el celuloide nuestro 

se lo ha llevado la Muerte,

tal vez no es un plan siniestro,

es sólo un cambio de suerte.


Con "Clavillazo" y "Resortes"

se escapan las carcajadas,

y entre papeles consortes

tiemblan las voces cuajadas.


Armendáriz y Cantinflas

llenan la pantalla grande,

también Tin Tan con sus cuitas,

y el "Inmortal" Pedro Infante.


Escenas llenas de lío,

de Aguirre, Marín y Beltrán,

la Félix y la del Río

a la audiencia conmoverán.


Así todos los difuntos

se dedican a disfrutar,

sin pensar en más asuntos

ni cuando se pone el altar.


Y cuando llegue el destino,

la Flaca nos venga a llevar,

alegre emprende el camino

y no hagas al cine esperar.

Calavera Literaria. Octubre, 2014.

martes, 21 de octubre de 2014

martes, 30 de septiembre de 2014

Las Seis de Seis

En honor a que estamos por entrar en la hora -o más bien en el mes -del embrujo, aquí seis historias de horror, escritas en tan sólo seis palabras:

Y entonces, ella dijo: "Es tuyo."

Después del octavo shot... me besó.

No había cómo negarlo: estaba atorado.

Grité: "¡Mátame!" La cosa lo hizo.

El bebé gruñó. Todavía tenía hambre.

Su tarjeta fue rechazada. ¿Tiene otra?

sábado, 27 de septiembre de 2014

Alijo

       Vamos vamos, hacia el final del camión. Faltan un par de pasos, sólo un par de pasitos más. Zonza, tú querías cargarte bien y bonito las bolsas, evitarte ese último viaje, ¿no es cierto? Bueno, ya no importa. Ya te sentaste, sólo respira y descansa un poquito. Sólo agarra bien las una dos tres cuatro… ¿y mi otra bolsa? De acuerdo, no abras tanto los ojos queridita, ciérralos un poco. Ahí está, tranquila, justo a la mitad del camino. No, no, ¿qué está haciendo? No tiene por qué ayudarme joven, no se levante de su asiento. No, no tome la bolsa. Bueno, ya te vio. Tranquila… sí, sí es mi bolsita. Ay Dios, cómo debe estar mi carita roja roja. No importa, ya viene. Una sonrisa, sólo di que sí con la cabecita. Sólo…

       “Gracias.” 

       Milotepec es un pueblo muy chiquito. La gente ni sabría su nombre si no estuviera en el periódico. Sólo era un poquitito de droga, pero la enviaron por correo a las oficinas de la Procu y eso ya cala. Quién sabe por qué la enviaron, al igual y sólo era una bromita. Siempre venían polis, por su droga o su dinerito, pero ahora venían por los cuerpos. Bueno, los pedacitos… unos por aquí y otros por allá. Es triste cuando escuchas a la vecina decir que encontraron una cabecita en el baldío de la esquina, que encontraron un piecito o una manita en la cancha de futbol. Ya todos viven quitaditos de la pena, viendo la violencia tan normal. Tan casual. 

       Y es que Milotepec es un pueblito de mulas y burros. La mayoría se come la droga y la lleva en la pancita. Todos saben que es peligroso pero aquí no hay más trabajo que de carga. Y ahora todo es más difícil, con tantos ojitos observándole a una y tantos extraños en nuestros caminos de tierra. Como ese joven que me recogió mi bolsita, creo que está volteando a verme. O tal vez sólo es el miedito de que alguien descubra lo que llevo. Aunque no es mi parada me bajo. Agarra todas tus bolsas queridita, arriba a tocar el timbre, abajo del camioncito. 

       No es mi parada pero conozco a todas las vecinitas. María está comprando unas flores de cempasúchil porque es viernes y seguramente visitará a su familia en el panteón. Pobrecita, solamente le queda un hermanito que ya está bien metido con los del barrio. Doña Meche vende sus pitahayas y sus melones y algunos mangos. Antes yo le compraba rabanitos y chayote pero tiene mucho que no hago ni pozole ni caldito de pollo. Gracielita, la abuelita del pueblo, está con su carrito de nopal y perejil en su pequeña esquina. Su chicharrón es bien sabroso. La pollería sigue regalando pescuecitos y menudencia, esa doña Chole es una santa. 

       Doy un par de vueltecitas y veo al jovencito que me está siguiendo. Pero estoy cansadita y ya estoy llegando al basurero, así que sólo sigo. Por fin dejo mis cinco bolsitas. No me paro a acomodarlas, me voy caminando picadito picadito. Ay, pensara seguro que iba a encontrar droga en las bolsas el jovencito. Pero lo que tienen es algo peor. Me doy vuelta y lo veo blanco blanco del susto, tiene en sus manos la cabecita que corté en la mañana. Yo ya agarré un fierrito que encontré y que es como un largo tubito de donde cuelgan las cortinas de una casita. Le doy un buen golpe, justo en la frentecita, y él se cae hacia atrás. 

       He visto tantos golpes que sé que tengo que hacerlo rapidito. Saco un mecate de una de mis bolsitas y amarro sus manos. La sangrita está pegostiosa pero si aprieto fuerte el nudo no se zafará. Después de dos minutitos ya se calma y me mira. Me siento frente a él pero con mi fierrito bien agarrado. También me alejé un pasito o dos, porque aunque lo amarré a un poste hay que tener cuidadito. Si se suelta, ay pues tendría que correr rapidito rapidito. Estoy segura que es un poli, pero no sé qué es lo que quiere. Le doy otros dos minutitos para que sus ojos dejen de dar vueltas, intento hacerle una sonrisita pero como que me quiere echar el mal de ojo. 

       “Buen día joven,” digo porque no se me ocurre decir otra cosita. El joven se mueve muy rápido, quiere zafarse pero el mecate y la sangre ya se le pegaron en los bracitos. “Buen día joven,” repito y él me voltea a ver un poquito más calmado. “No lo había visto por aquí y yo conozco a todas las gentecitas de Milotepec. Creo que no es el hijo de ninguna comadrita,” sigo diciendo mientras niego con mi cabecita. Me acomodo porque el piso está muy duro y mi historia es un poquito larga. Le tengo que dar otro golpecito arriba del brazo izquierdo para que deje de moverse y de intentar zafarse. 

       “En un pueblito tan chiquito, todos la conocen a una y todos dicen chismes sobre su vida,” digo. “Yo nací aquí y nunca tuve papás, así que todos sabían que iba a ser una mulita. Desde los trece añitos yo ya cargaba droga, muchas veces en la pancita. Otras veces la escondía en el trajecito de algún hombre, uno de esos que te dan florecitas y te hablan bonito mientras te acarician y que ni te hablan cuando te están soplando en la carita mientras abren tus piernitas. Muchos son hombres gordos y les sobran los pesitos, esos que una necesita para la carnita del sábado o domingo, la única de la semana. 

       “Siempre te dicen que no abras tanto las piernitas y que si te dejan más que dinerito que el doctor don Melchor te ayuda con tu problemita. Pero don Melchor cobra mucho y una no siempre puede deshacerse del encargo. Por años tuve suerte y no me creció la pancita. La seguía usando sólo para guardar la droga que me daban ellos. Ellos eran dos y los dos me trataban bien. A veces me daban dinerito de más para que hiciera caldito de pollo. Claro que siempre tenía que llevarles sus platitos, pero no me importaba porque eran buena gente conmigo. 

       “Pero una vez uno tomó mucho mezcalito y terminó abriendo mis piernitas, igual que los otros hombres gordos que una tenía que aguantar para juntar lo del gasto. Él fue el que hizo que me creciera la pancita. Yo nunca junté centavitos, todo lo usaba para comida, ropita y también las cervecitas y cigarritos. Yo no podía ir con don Melchor y cuando él lo descubrió me pegó. Me dio muchas cachetadas y hasta me dio una patada en la pancita. Ay, yo sentí mucho miedo, pero no por mí. Me encariñé con mi pancita, con mi bebita que iba a nacer. Yo quería hacer todo por ella. 

       “Su amigo le dijo que me dejara, le dijo que una embarazada siempre pasa más fácil la frontera. Pasaron los mesecitos y mi pancita creció y creció. Yo cargaba con la droga en una bolsita que me colgaba en el hombro pero un día los polis me la quitaron. Don Esteban les había dado dinero para que nos quitaran la droga a todas las mulitas de don Ramiro. A muchas las golpearon pero a mí hasta eso que no me hicieron nada. Ellos me pegaron igual por perder la droga pero yo protegí mi pancita lo más que pude. Ya faltaba poquito para que naciera mi bebita, mi Clementina.” 

       Me acomodo otra vez porque el piso está muy duro. El joven apenas me mira y sus ojitos están cerrados todavía. Sólo piensa en zafarse y está sudando por la concentración. Ya no quiero darle otro golpecito y sé que si quiere escuchará el resto de mi historia. Yo sólo puedo contarla al igual que la he recordado ya por varios años. Dejo el fierro a un lado y cambio la piernita de abajo a que se esté sobre la otra. Me acomodo el chalequito sobre las espaldas y lo jalo un poquito hacia abajo. Mientras me acomodo paso salivita. Mi garganta se pone un poquito seca cuando recuerdo el pasado y ahora que lo hablo mi gargantita está más seca. 

       “¿Alguna vez ha cortado un dientecito de león joven?” pregunto pero sé que no me va a responder. “Vaya que es muy muy bonito pero se deshace también muy rapidito. Nomás necesita soplarle uno y todo se va al aire y se pierde de vista tan pronto. Así, igualita, es la vida. Yo ya no quería cargar la droga, pero sólo soy una mulita. No me la escondieron en mi bolsita ni me la escondieron en la faldita. Me la metieron por la boca. Sentí el plástico en mi gargantita y pensé que me ahogaba y cuando me dieron agua todavía sentí que me ahogaba. 

       “El paquetito de plástico con droga no estaba bien amarradito. No tenía un nudo bien hecho como el suyo joven. Todo ese polvito que salió me puso muy muy malita y no recuerdo mucho. Sólo sé que llegué con don Melchor y como por magia ya no tenía a mi hijita, igual que como decían las vecinitas. Lloré y lloré joven, lloré y mis ojitos están rojos desde entonces. Y pronto ellos me jalaron otra vez de los pelos, porque yo sólo era su animalito y si tu mula no trabaja entonces no sirve para nada. Y las mulitas son caras joven.” 

       Ay, lo rojitos que deben estar mis ojitos. Siempre se ponen más vivos cuando recuerdo a mi Clementina. Ya me ve el joven, seguro ve mi lagrimita de mi ojito. Me empieza a salir moquito pero me lo limpio con la mano. El joven ya no se mueve y me escucha. Necesito dejar de llorar y otra vez me limpio la naricita y los ojitos. Me pongo las manitas sobre la cara un momento. Agarro el tubo de metal y otra vez cambio la piernita que está arriba por la de abajo y me jalo el chalequito. 

       “Pasó mucho tiempo antes de que volviera a cargar droga joven. Y si tu mulita no carga la pones a hacer otros trucos. Después de perder a mi hijita ya no podía tener más hijos y si no tienes problemas de encargos te hacen abrir las piernitas. Yo no las abrí pero me las abrían y así fue mucho tiempo joven. Yo lloré y hasta rezaba, rezaba para poder regresar a cargar droga en mi pancita, que al fin ya sólo para eso me servía. Dejé de llorar cuando se me acabaron las lagrimitas. 

       “La droga era como agüita joven, pero no me servía ni para quitarme la sed. Me la daban antes de aguantar a cualquier hombre gordo pero sentía igual sus manos y su saliva. Lo peor era cuando mordían porque las marcas que le dejan a una la hacen sentir mucha vergüenza. Ahí me tenían como esclava y ni siquiera me tenían amarrada. Yo he sido mula y zorra y hasta buey joven. Me han cogido mucho y así hubiera terminado mi vida, en alguna cama porque a uno se le pasaron los mezcalitos y el pulque y estira y afloja hasta que rompe el juguetito. 

       “Yo estaba desmayada en una cama cuando todo pasó. Desperté porque no podía sentir mi piernita y es que encima de ella estaba un cuerpo. Había mucha sangre por todas partes y mis manitas y mis piecitos estaban pegostiosos. Me dio miedo y corrí pero me caí porque mi pierna seguía dormidita. Me arrastré entre muchos cuerpos joven, nadie se movía. Sólo nos dejaron a dos o tres vivas porque pensaron que ya estábamos muertas. Nunca nos dijeron por qué habían llegado y disparado a todos pero tampoco importaba. Sin un lugar dónde tener a las zorritas, me hicieron otra vez una mulita.” 

       Le enseño al joven un paquetito lleno de polvo blanco que me saco de la faldita. Es un condoncito amarrado con un muy buen nudo. Ni un poquito del polvo se sale de mi paquetito. Me levanto y me quedo paradita un rato porque se me durmieron las piernitas. Me acerco al basurero y pellizco el condoncito. Le sacudo encima un poco del polvito y luego dejo el resto del paquetito bien acomodadito entre las cáscaras y los cartones que hay ahí. Me siento junto al basurero, más cerca del joven. Sigo agarrando mi palito, sólo por si lo necesito de veras. 

       “La primera vez que le llevé mi droga a los muchachitos de don Esteban tenía mucho miedo joven. Ya había pasado la frontera un chorro de veces como una mulita cualquiera pero mi miedito era diferente. Sentía tantas cosquillas en mi pancita que hasta pensé que se me iban a romper los paquetitos como aquella vez y que me iba a poner otra vez muy malita. No quisieron mi droga joven. Yo insistí tanto que me dieron de cachetadas. Me han pegado tanto que unos golpecitos más no me sorprendieron. 

       “En la frontera me revisaron y no me encontraron nadita. Y aunque me hubiera tocado un poli que no trabajara para don Ramiro, yo estaba limpiecita. Ese paquetito ya lo había escondido yo muy bien joven, lo enterré en el patiecito de una vecinita. Me golpearon de nuevo cuando dije que me habían robado la droga, me golpearon y me dijeron que yo tenía que ser más cuidadosa joven. Por un rato entregué todos los demás paquetitos que me dieron, pero cada quincena pasaba por donde estaban los muchachitos de don Esteban y los saludaba y les mostraba mi paquetito de droga con una sonrisita. 

       “Unos mesecitos después por fin me hablaron. Me dijeron que me acercara y hasta un vasito de refresco me dieron. Me preguntaron que qué quería por la droga que cargaba en mi pancita. Yo les dije que nomás quería un par de pesitos para mi refresquito mientras me tomaba el que me dieron. Me tomaron mis paquetitos joven y me dieron un poquito de dinero. Luego me fui hacia el norte a ver al amigo de don Ramiro, el que me recogía la droga del otro lado de la frontera. 

       “Nunca he sido lista joven, pero ya había pensado mucho en lo que tenía que hacer ese día. Yo no tenía ni la droga ni las cachetadas que mostraban que me habían quitado la droga. Hasta llevaba unos pesitos extra escondidos en mi faldita y aunque no era mucho pues yo nunca llevaba más dinerito del que me daban para el viaje en camioncito. Me acerqué a ese esquina donde se venden las muchachitas y empecé a levantarme la faldita para que los que pasaban vieran mis piernitas. Al igual y a alguien se le antojaba pero eso no me importaba. 

       “El dueño de las muchachitas llegó pronto y me dio las cachetadas que quería. Me dijo que no me acercara otra vez a su esquina o que iba a matarme y que iba a matar a toda mi familia también. Hasta se llevó el dinerito extra que tenía. Me fui con el amigo de don Ramiro y él también me golpeó. Que ya era de costumbre que me robaran, me dijo, y que le iba a decir a don Ramiro que era tiempo de sacrificar a su mulita. Sólo estaba enojado joven, porque le digo que las mulitas son caras. 

       “Son caras por el tiempo que usas para enseñarlas a hacer lo que quieres que hagan. Son caras por la droga que usas para mantenerlas quietecitas hasta que puedan caminar sin saber hacia dónde van. Y como yo era mulita desde los trece añitos, pues ya les había costado. Me pegaron otra vez cuando volví del norte y me tuvieron un rato descansadita sin darme más droga. Sobreviví gracias a pescuecitos y menudencia de pollo, esa doña Chole es una santa. Cuando por fin me pusieron a cargar otra vez, pasé por donde estaban los muchachitos de don Esteban pero ni me acerqué a ellos.” 

       Dejo de hablar otra vez porque estoy cansadita y porque hablar de refresco me dio sed. Me pregunto si el joven tiene sed también porque el sol está bien duro y el calor también. Los dos estamos sudando y por un momentito pienso que al igual y el joven podría zafar sus manitas del nudo que le hice gracias a su sudor. Pero él no se mueve ni dice nada y de veras que ya no importa porque creo que solamente quiero terminar de contar mi historia. Ya no cambio de piernita ni me jalo el chalequito, ya estoy llegando al final. 

       “No me acerqué a los muchachitos de don Esteban porque sabía que me estaban siguiendo. Cada semanita del siguiente mes pasaba enfrente de donde estaban. Ya me habían reconocido pero yo ni los volteaba a ver. Hasta que un día se me acercó uno y me agarró del bracito. Yo grité joven, grité muy muy fuerte y hasta le di una cachetada. Los muchachitos de don Ramiro que me estaban siguiendo se acercaron. Yo grité pidiendo que no me robaran mi droga de nuevo, así que se armó la balacera joven. 

       “Todos se murieron joven, porque eso es lo que pasa cuando estás mucho tiempo con los del barrio. A mí no me tocó ninguna bala porque todos estaban ocupaditos matándose entre ellos. Yo jalé luego el cuerpo de uno de los muchachitos de don Esteban hasta un baldío que conocía por ahí y picadito picadito me fui con el amigo de don Ramiro a entregarle mi droga. Le dije que me habían querido quitar la droga y que todos se habían muerto, hasta los muchachitos que había mandado para que me protegieran. Él sólo dijo que sí con la cabeza y me dijo que me fuera para mi casita. 

       “Regresé a mi casita pero no por mucho tiempo. Con el tiempo se le quita el asco a una joven y se aprende a hacer cosas que antes no se hacían. Agarré un viejo machetito y me regresé al baldío. Le di muchos muchos machetazos joven, la carne y más el hueso son muy difíciles de cortar. Ya llevaba bolsitas de plástico para guardar todos los pedacitos. Dejé la cabecita a una cuadra del baldío y un bracito y una piernita a una cuadra de donde don Esteban iba a jugar dominó con sus amigos del municipio. Así le dejé partecitas en varios lados del pueblo joven, para que sintiera que por puro respeto tenía que matar a algunos muchachitos de don Ramiro. 

       “Los demás cuerpecitos que aparecieron ya fueron cosa de don Esteban y de don Ramiro. Sus muchachitos se mataban a balazos o a golpes cada que se encontraban en algún lugar. Don Esteban empezó a dejar pedacitos de los muchachitos de don Ramiro por todos los basureros de la región y cuando le dejaba una manita o un piecito el otro le mandaba una cabecita de alguno de sus muchachitos. También mataron a dos o tres mulitas que yo conocía y no parecía que ni don Ramiro ni don Esteban quisieran dejar de matar a los muchachitos del otro. 

       “Desenterré los paquetitos de droga que los muchachitos de don Esteban no quisieron tomar cuando fui con ellos la primera vez. Después de que le puse un poquito de droga a un sobre y lo mandé a la Procu la gente empezó a fijarse en Milotepec y nuevos polis empezaron a llegar. Las cosas se ponen feas pero supongo que de eso ya se dio cuenta joven. Pero una hace su luchita joven, apenas el otro día mandé otro sobrecito con un poquito más de droga otra vez a la Procu y le mandé un sobrecito también al periódico del estado. 

       “El cuerpecito que está aquí,” digo y le doy dos golpecitos al basurero con mi manita, el palo que tenía ya lo lancé lejos, “es el hijito de don Ramiro. Una se da cuenta de muchas cosas cuando lleva toda su vida viviendo en este pueblito. Cuándo va alguien a jugar dominó, cuándo va alguien al banco. Cuándo va alguien a la casa de las putitas. Voy a dejar aquí una piernita, luego una manita en el basurero que está a dos cuadritas. Así voy a dejar todas las bolsitas en los basureros que hay desde aquí hasta la gran casa de don Ramiro. La cabecita me la voy a llevar, a ver si se la puedo dar en persona a don Ramiro.” 

       Me paro y otra vez me espero porque mi piernita se me durmió. Me acerco al joven y aflojo el nudito que le hice. Con calma agarro la bolsa con la cabecita y otras dos bolsitas. Empiezo a caminar y siento que el joven viene detrás de mí pero yo sigo caminando igual. Él camina rápido y por fin me alcanza. Nos detenemos y nos quedamos quietecitos por un momento. Él lleva una de mis bolsitas y entonces me doy cuenta que había dejado una bolsa extra en el basurero, una que me sirve para dejar más partecitas del hijito de don Ramiro regadas por todo el pueblo. El joven me la deja en el piso y da dos pasitos hacia atrás. 

       Sí, sí es mi bolsita. Ay Dios, cómo debe estar mi carita roja roja. No importa, ya lo dije todo y ya no tengo otra cosita que ocultar. Una sonrisa, sólo mueve la cabecita. Sólo…

       “Gracias.”

Cuento Corto. Abril, 2014.

lunes, 30 de abril de 2012

... de Risa

            “No vuelvas a mirarme de esa manera”

           Casi igual a aquella frase que constantemente me decían las muchachas guapas de la preparatoria pero en un contexto diferente. Algo… solamente… diferente.

            Río y continúo con una pequeña sonrisa, “¡así es la expresión del rostro de esa imagen!... tú la conoces bien…”

            “Sí… te salió igualita…”

            Pienso en reír de nuevo pero la expresión en sus rostros me indica lo contrario, así que dejo de esbozar mi sonrisa y devuelvo mi mirada a mi vaso vacío. Constantemente nos reuníamos a divertirnos… a beber. Esta noche era diferente, sobria. Una bola de nieve de historias bizarras y hasta de terror.

            Ya no importa el comienzo, ni importa siquiera todo lo que lleva al desenlace. Todo hasta desembocar en una última historia y la historia final, la que termina en carcajadas a la luz del alba.

             Tampoco importa la hora, una madrugada que intentaba erradicar el fuego de la chimenea y, así, robar el último resquicio de calor de la habitación. Tampoco importa el lugar, las brasas alumbrando dos sillones, una mesita entre ambos y una mesa de billar al fondo.

            Éramos cinco. Ella y yo en el sillón a la derecha, yo sentado y ella recostada, su cabeza sobre mi regazo. Sus ojos clavados en mí y mis ojos todavía en mi vaso. Mi vaso en mi mano y mi mano pegada a mi brazo y mi brazo sobre el brazo del sillón.

            Dos más en el sillón frente a nosotros. Hombre y mujer. Ambos recostados y apoyándose uno sobre el otro, como colchones de hueso y músculo y piel y pellejo. El último sobre la mesa de billar, recostado también. Todos están tan cansados y todos están tan callados.

            “Bueno, pues es un dibujo realmente escalofriante,” digo para romper el silencio, “y causó una fuerte impresión en nosotros,” miro a la pareja de enfrente y sonrío un poco.

            Todos tenían historias y yo ya las conocía. Podía recitarlas como si yo mismo las hubiera vivido…

            “¿Recuerdas aquél verano en que vivimos en esa casa embrujada? Estábamos de intercambio con otro amigo y nos tocaron tres cuartos en una vieja y destartalada casa. Había tres cuartos pero utilizamos solamente uno que tenía una cama grande y que tenía un pequeño cuarto de servicio con un sucio y pequeño catre.

            Nosotros tomamos la cama y enviamos a nuestro otro amigo a dormir al catre. Nos pasamos la noche hablando y nos carcajeamos hasta inundar la habitación. Y cuando nuestras risas se habían apoderado del aire mismo la escuchamos. Una risa chillona como de niña, una chiquilla impúber compartiendo un sentimiento que pretendía ser de felicidad. Corrimos al cuarto de servicio para encontrar a nuestro amigo dormido y después de alebrestarlo y contarle lo sucedido ahí nos quedamos los tres, despiertos, hasta que inició el nuevo día…”

             “Y a la mañana siguiente, cuando le comentaron lo sucedido a la anciana dueña y ella felizmente les dijo que la casa estaba embrujada, se preguntaron cómo podía haber gente que viviera tan tranquila en lugares tan desolados.” Quise reír pero recordé que no debía hacerlo. “Igual que en aquel hostal romano,” dije mientras volteaba a ver al amigo recostado sobre la mesa de billar.

            “Es que simplemente no puedes acondicionar cualquier lugar para vivir o dar hospedaje a la gente… simplemente no puedes hacerlo. El simple hecho de pensar que la habitación en la que estás durmiendo le pertenecía a algún maniático, un loco que pudo haber sido asediado por demonios con motivos ulteriores… simplemente no puedes…

            Igual que cuando viví en el extranjero… nuestra residencia era también un antiguo psiquiátrico. Viví la única noche de brujas que nunca olvidaré, encerrado en los pasajes subterráneos de ese antiguo hospital de locos que desembocaban en geriátricos y otros lugares lúgubres y tristes. Juro que escuché ecos de voces muertas esa noche y a veces siento todavía un escalofrío muy parecido al que sentí entonces…”

            Recuerdo el hostal pero aún más a ese peculiar hombre de la recepción. Recuerdo cómo pensamos que era un fantasma, una pobre alma penando por siempre cuya única función era asustar a los turistas. Locos pensamientos, unos que en retrospectiva sonarían tontos la mayoría de las veces. La mayoría de las noches.

            “O tal vez tu casa de verano,” digo, “con esas espantosas muñecas y ese crucifijo,” siento un pequeño escalofrío recorrer mi espalda y quiero reír pero sé que no debo hacerlo. “Una locación perfecta para filmar una película de terror,” continúo y en ese momento no puedo contenerme más y río y volteo a ver a todos. Dejo de reír cuando veo sus ojos, clavados en mí todavía. “¿Vieron los videos que les recomendé hace tiempo? ¿El cortometraje de miedo sobre la madre y sus hijas?”

            “¿Tenías que recordarnos esas cosas en este momento?”

            “No comprendo por qué las caras largas,” digo y sonrío y quiero volver a reír pero no lo hago y solamente clavo mi mirada en mi vaso vacío. “Tantas historias y hablar de fenómenos ‘inexplicables’… son ilusiones, nada es real.”

            Todos siguen recostados y sin moverse. Siento un poco de frío y noto que el fuego está consumiéndose pero nada hago al respecto. Regreso mi mirada a mi vaso, un vaso vacío y pintado de rojo. Siento que no puedo dejar de mirarlo.

            Me desconecto y las voces que escucho suenan tan distantes. No muevo un solo músculo. Me siento adormilado y estoy sonriente y así me quedo, conteniendo la risa entre mis dientes. Y justo en ese momento, cuando el fuego sucumbe por fin y el primer rayo de sol entra por la ventana es cuando exploto. Las carcajadas inundan rápidamente la habitación.

            Dejo caer mi vaso, dejo que se rompa contra el piso… dejo que se termine de romper. El líquido rojo sigue escurriendo por sus paredes y me doy cuenta que estoy cubierto en él y que todos lo estamos. Miro sus rostros inertes, sus expresiones vacías. Volteo y veo su cabeza posada en mi regazo y río aún más fuerte. Paso mis manos por su rostro, su cuello, sus pechos y de vez en cuando los siento, esos… glifos que he… acuñado, como un nuevo lenguaje, en su cuerpo. Y veo mis otros glifos en los demás y sigo riendo.

            Y me pregunto cuál es el caso de seguir aquí. Todos están tan cansados, recostados y sin moverse. Y yo sigo aquí y no puedo moverme, solamente sigo riendo. Y tengo frío pero solamente sigo riendo. Y recuerdo tantas veces que me dijeron que dejara de reír pero ahora nadie puede decirme que deje de hacerlo... y reír es lo que hago y lo que seguiré haciendo.

            “Cállate… ¡ya cállate!”

            Y recuerdo ese poema y digo “nunca más… ¡nunca más!” y continúo riendo hasta que mi abdomen no puede más y la historia termina en carcajadas a la luz del alba. La historia perfecta, la coda única que podía embonar en esta canción. Y mientras la risa consume todo y la luz avanza poco a poco escucho sus distantes voces, opacas, diciéndome que me calme y que me comporte… y entre risa y risa… lo digo de nuevo…

            Nunca más…

Cuento Corto. Abril, 2012.