viernes, 5 de diciembre de 2014

Navidad Capitalista

El capitalismo no es más que usufructuar algo.

No es algo malo o adverso... simple y llanamente es aprovechar las habilidades propias para obtener alguna ganancia y, en muchas ocasiones, constituir una forma de vida.


Así que... pues nada... compren y así...

Para que ésta no sea una Pesadilla antes de Navidad...

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Un Cuento de Navidad

"¡Bah, patrañas!" exclamé cuando esto me ponchó la llanta trasera de la bicicleta la semana pasada:

Es una maravilla... que algo tan pequeño pueda derribar a una leyenda...

"¡Bah, patrañas!" exclamé cuando, dos días después, esto me ponchó la misma llanta:

Todos los hombres caen... son sólo el momento y el método los que difieren...

Esta semana fue el pedal de mi bicicleta el que sucumbió ante la Dama Destino. Créanme, oh hermanos, que no dije simplemente "bah, patrañas". Los improperios que elevé al cielo, así como las heridas que quedaron en mis pies, que derraparon por diez metros sobre el pavimento, quedarán grabados en mi mente por siempre.

Debido a la naturaleza gráfica de mis pies, he decidido no publicar su fotografía. En su lugar, aquí está la portada de mi primer novela corta, ya disponible en Amazon

Nunca es agradable estar herido o estar enfermo, confinado a una cama, con una movilidad menguada por el azaroso e implacable paso de la vida. Sin embargo, a veces puede darte algo. Puede darte, tal vez, tiempo para pensar, o puede darle tiempo a los Fantasmas de la Navidad, para que te visiten.

¿Alguna vez han visto La Ciudad que Santa Olvidó?

Es un lindo cuento de Navidad, en que un niño comprende el significado real de los juguetes y de los regalos

Cuando empecé a pensar en cuánto me gustaba recibir presentes navideños cuando era más joven, el primero llegó. Era una aparición que emanaba calidez y ternura. También olía a jugo de uva. Era una dama morena, con el cabello dorado. Su purpúrea túnica cubría su cuerpo por completo y se extendía varios metros detrás de ella. Se acercó y se sentó sobre la cama, sonriendo. Nos quedamos sin hablar por un largo rato.

"Hace mucho que la Navidad no te emociona," dijo por fin, "o al menos no tanto como antes."

Yo simplemente me encogí de hombros y moví la cabeza levemente, a manera de tenue afirmación.

"¿Qué es lo que más te gustaba?" preguntó, "¿qué es lo que recuerdas con más cariño?"

Recuerdo... las cartas, y la emoción que me daba escribirlas, deseando con fervor algún juguete, haciendo dibujos para un tal Santa Claus. Recuerdo poner el árbol de Navidad con mis padres, el veinte de noviembre, mientras veíamos una película sobre Pancho Villa. Recuerdo, por supuesto, el pollo en achiote, y la sopa de codito, e incluso recuerdo los emparedados que preparábamos a manera de tentempié antes de la fastuosa cena. Recuerdo los abrazos, y el constante decir de "Feliz Navidad" en cada esquina. Recuerdo esa vez que me vestí con pantalón de vestir, camisa blanca formal y un genial corbatín negro, siendo todavía un niño. Recuerdo la corona de adviento, y cada plática dominical con mis padres. Recuerdo las vacaciones. Recuerdo la mañana de Navidad, con juegos y chocolates debajo del magnífico y precioso árbol. Recuerdo el día de Navidad, con las ensaladas de manzana y zanahoria, y el budín. Recuerdo... el recalentado. Recuerdo a mis amigos, y los mensajes y las llamadas llenas de buena vibra y buenos deseos, llenas de cariño y de jovial felicidad. Recuerdo estar con la gente que amo, simplemente sentado, viendo los especiales navideños, como La Ciudad que Santa Olvidó, sonriendo.

Cuando volteé, el Fantasma de las Navidades Pasadas se había ido. Sin embargo, su olor a jugo de uva se quedó conmigo por un buen rato.

Me levanté de la cama con trabajo, intentando no doblar los dedos de los pies. Salí de la habitación y tomé un vaso de jugo de guayaba. Cuando volví, un fornido hombre estaba sentado sobre mi cama. Tenía una tupida barba negra, un gorro negro con amarillo y un megáfono. Su túnica, roja, era tan grande que parecía la colcha de la cama.

"¿Cuál es tu plan para hoy?" me preguntó el hombre. Su voz era acentuada por el megáfono, pero no amplificada.

Yo miré hacia abajo, hacia mis pies. Luego, volteé hacia la aparición, el Fantasma de las Navidades Presentes. Me encogí de hombros.

"Veo que tus pies te tienen un poco decaído, chico," dijo el hombre, "pero sé exactamente lo que necesitas para salir del bache." El hombre sonrió y se acercó a mí. "Sostén esto," dijo mientras alzaba una toalla amarilla.

Cuando la tomé entre mis manos, todo el paisaje cambió. Ya no estábamos en mi recámara, sino en una gran tienda... en el departamento de juguetería.

"Compra de aparadores," dijo, a través de su megáfono. Sonrió y caminó hacia un estante. Yo lo seguí lentamente, pues mis pies seguían lastimados. Ahí, dispuestos y apilados unos sobre otros, había mil juegos de mesa, de todos los colores y sabores, y para todas las edades...

8 de cada 10 hígados lo recomiendan

¿Han notado que los juegos de mesa no son lo que eran antes? Recuerdo que existía un Uno, pero ahora hay mil versiones del mismo juego. Había una versión única de Monopoly, pero ahora hay versión superhéroes y versión marcas y versión restaurantes extremos. Toda esa vorágine de nuevas direcciones, aunadas a productos como:

También conocido como Comparte Microbios Bucales FÁCIL

¿Morida? ¿¡Morida!? Bueno, supongo que, al menos, escribieron así ese vocablo adrede, ¿cierto?... ¿¡cierto!?

¿Resusitar? ¿¡Resusitar!? El DRAE es el que está deshecho y revolcándose en su tumba

Y, por supuesto, no pueden faltar los clásicos, si bien también un poco modificados, como ese juego en que tienes que actuar lo que tu amiga tiene en la cabeza:

Un mimo demente zombi, una banda de rock caníbal y, posiblemente, superficial...

... una trompeta diabólica y cachetona...

Después de un rato de estar divagando, me di cuenta que la segunda aparición no estaba. Me había dejado varado en la sección de juguetería de alguna tienda. Me crucé de brazos disgustado, justo cuando sentí que alguien me tocaba en el hombro. Era el Fantasma de las Navidades Presentes. Me ofreció la toalla amarilla de nuevo, y al tocarla regresamos a mi habitación.

El Fantasma me entregó una pequeña caja. "Juega un poco," me dijo, "y te llamaré cuando el aparador esté listo."

El críptico mensaje del Fantasma me sorprendió, pero pensé que todo debía ser parte de la magia. Abrí la caja y encontré una copia de Chrono Trigger adentro. Sonreí y me puse a jugar. A decir verdad, una de las costumbres que todavía practico es la de jugarlo en tiempo de fin de año. Después de un rato, la aparición me llamó, pidiéndome que lo acompañara al piso de arriba. Fruncí el entrecejo, pero subí las escaleras con cuidado. El Fantasma de las Navidades Presentes se había ido, pero me había dejado un regalo.

Había armado un aparador, de donde ahora colgaban los dibujos que había hecho a lo largo de mi vida. Había imágenes que se movían, eran todas las animaciones que había creado. Estaba, en su propio podio, la novela corta -en español y en inglés -que escribí. Había también un pequeño árbol de Navidad, con una pequeña nota que decía "La compra de aparadores siempre ayuda... y ahora dedícate a lo que más te gusta hacer, viviendo con la alegría Navideña en tu corazón. Sólo en hacer el arte que anhelas, está la respuesta a tus inquietudes".

Tenía todavía una sonrisa en la boca cuando salí de la regadera. Incluso estaba cantando. Mientras me secaba los pies con cuidado, un denso vapor inundó el baño. Era casi como una neblina, un tanto lúgubre y con un etéreo resplandor sobrenatural. Me puse unos pantalones y una camiseta, y fui hacia la sala de estar. Ahí me estaba esperando ya la tercera aparición, el Fantasma de las Navidades Futuras. Lo cubría un largo manto gris con capucha, así que no podía ver su rostro. Sentí miedo.

"¿Acaso eres el heraldo de lo que pasará en las Navidades próximas?" pregunté, mi voz entrecortada.

La silueta afirmó, moviendo la cabeza lentamente. Luego se deslizó hacia mí.

"Me causas temor, aparición," dije, "más aún de lo que me hicieron sentir tus predecesores."

La silueta se encaminó hacia mi recámara. Cuando se hubo posado debajo del dintel, volteó a verme. Alzó el brazo, y con él me indicó que lo acompañara. Lo hice, despacio, arrastrando los pies por ambos el dolor de mis heridas y el temor que se había apoderado de mi razón. La aparición señaló mi antiguo Super Nintendo. Yo fruncí el entrecejo. La aparición volvió a señalar la consola de videojuegos.

Me acerqué hacia la consola y me agaché. Pude escuchar un distante murmullo, como una pequeña risa. Volteé a ver a la aparición, y me encontré con que se había deslizado junto a mí. El corazón retumbó en mi pecho y tuve que inhalar profundamente. Sin embargo, volví a escuchar esa pequeña risa. Me levanté de un salto y le quité la capucha. Su cara era la de una niña pelirroja, risueña. Trastabillé por la sorpresa. La niña me volteó a ver, todavía sonriendo. Se quitó el manto por completo. Estaba parada sobre los hombros de otro niño, con el cabello castaño, que también estaba riendo. La niña bajó de un salto y ambos se acercaron a mí. Me tendieron las manos, y con su ayuda me puse de pie. Los dos señalaron hacia el Super Nintendo.

Conecté la consola y le di a cada uno un control. El juego era Super Mario Kart. Me quedé solamente observándolos, cómo jugaban y se retaban, decidiendo carrera tras carrera quién conduciría con Yoshi la siguiente partida. Después de un rato, tomé la computadora y comencé a escribir este cuento. Cuando alcé la mirada, tras terminar el primer párrafo, los niños se habían ido. Continué con mi escritura. Ahora estoy pensando, meditando cuál sería el final perfecto para este pequeño relato, y supongo que cada uno de nosotros debe decidir cómo tratar su pasado, presente y futuro... tanto en el tiempo de Navidad como en el tiempo de verano...

sábado, 1 de noviembre de 2014

Y el Celuloide... ¿a dónde va?

Allá en el Camposanto

las Calaveras Alegres,

dejando de lado el llanto,

forman ruidosos tropeles.


Se sientan frente a los muros

de su querido panteón,

contemplan los claroscuros

que lo convierte en odeón.


Y es que el celuloide nuestro 

se lo ha llevado la Muerte,

tal vez no es un plan siniestro,

es sólo un cambio de suerte.


Con "Clavillazo" y "Resortes"

se escapan las carcajadas,

y entre papeles consortes

tiemblan las voces cuajadas.


Armendáriz y Cantinflas

llenan la pantalla grande,

también Tin Tan con sus cuitas,

y el "Inmortal" Pedro Infante.


Escenas llenas de lío,

de Aguirre, Marín y Beltrán,

la Félix y la del Río

a la audiencia conmoverán.


Así todos los difuntos

se dedican a disfrutar,

sin pensar en más asuntos

ni cuando se pone el altar.


Y cuando llegue el destino,

la Flaca nos venga a llevar,

alegre emprende el camino

y no hagas al cine esperar.

Calavera Literaria. Octubre, 2014.

martes, 21 de octubre de 2014

martes, 30 de septiembre de 2014

Las Seis de Seis

En honor a que estamos por entrar en la hora -o más bien en el mes -del embrujo, aquí seis historias de horror, escritas en tan sólo seis palabras:

Y entonces, ella dijo: "Es tuyo."

Después del octavo shot... me besó.

No había cómo negarlo: estaba atorado.

Grité: "¡Mátame!" La cosa lo hizo.

El bebé gruñó. Todavía tenía hambre.

Su tarjeta fue rechazada. ¿Tiene otra?

sábado, 27 de septiembre de 2014

Alijo

       Vamos vamos, hacia el final del camión. Faltan un par de pasos, sólo un par de pasitos más. Zonza, tú querías cargarte bien y bonito las bolsas, evitarte ese último viaje, ¿no es cierto? Bueno, ya no importa. Ya te sentaste, sólo respira y descansa un poquito. Sólo agarra bien las una dos tres cuatro… ¿y mi otra bolsa? De acuerdo, no abras tanto los ojos queridita, ciérralos un poco. Ahí está, tranquila, justo a la mitad del camino. No, no, ¿qué está haciendo? No tiene por qué ayudarme joven, no se levante de su asiento. No, no tome la bolsa. Bueno, ya te vio. Tranquila… sí, sí es mi bolsita. Ay Dios, cómo debe estar mi carita roja roja. No importa, ya viene. Una sonrisa, sólo di que sí con la cabecita. Sólo…

       “Gracias.” 

       Milotepec es un pueblo muy chiquito. La gente ni sabría su nombre si no estuviera en el periódico. Sólo era un poquitito de droga, pero la enviaron por correo a las oficinas de la Procu y eso ya cala. Quién sabe por qué la enviaron, al igual y sólo era una bromita. Siempre venían polis, por su droga o su dinerito, pero ahora venían por los cuerpos. Bueno, los pedacitos… unos por aquí y otros por allá. Es triste cuando escuchas a la vecina decir que encontraron una cabecita en el baldío de la esquina, que encontraron un piecito o una manita en la cancha de futbol. Ya todos viven quitaditos de la pena, viendo la violencia tan normal. Tan casual. 

       Y es que Milotepec es un pueblito de mulas y burros. La mayoría se come la droga y la lleva en la pancita. Todos saben que es peligroso pero aquí no hay más trabajo que de carga. Y ahora todo es más difícil, con tantos ojitos observándole a una y tantos extraños en nuestros caminos de tierra. Como ese joven que me recogió mi bolsita, creo que está volteando a verme. O tal vez sólo es el miedito de que alguien descubra lo que llevo. Aunque no es mi parada me bajo. Agarra todas tus bolsas queridita, arriba a tocar el timbre, abajo del camioncito. 

       No es mi parada pero conozco a todas las vecinitas. María está comprando unas flores de cempasúchil porque es viernes y seguramente visitará a su familia en el panteón. Pobrecita, solamente le queda un hermanito que ya está bien metido con los del barrio. Doña Meche vende sus pitahayas y sus melones y algunos mangos. Antes yo le compraba rabanitos y chayote pero tiene mucho que no hago ni pozole ni caldito de pollo. Gracielita, la abuelita del pueblo, está con su carrito de nopal y perejil en su pequeña esquina. Su chicharrón es bien sabroso. La pollería sigue regalando pescuecitos y menudencia, esa doña Chole es una santa. 

       Doy un par de vueltecitas y veo al jovencito que me está siguiendo. Pero estoy cansadita y ya estoy llegando al basurero, así que sólo sigo. Por fin dejo mis cinco bolsitas. No me paro a acomodarlas, me voy caminando picadito picadito. Ay, pensara seguro que iba a encontrar droga en las bolsas el jovencito. Pero lo que tienen es algo peor. Me doy vuelta y lo veo blanco blanco del susto, tiene en sus manos la cabecita que corté en la mañana. Yo ya agarré un fierrito que encontré y que es como un largo tubito de donde cuelgan las cortinas de una casita. Le doy un buen golpe, justo en la frentecita, y él se cae hacia atrás. 

       He visto tantos golpes que sé que tengo que hacerlo rapidito. Saco un mecate de una de mis bolsitas y amarro sus manos. La sangrita está pegostiosa pero si aprieto fuerte el nudo no se zafará. Después de dos minutitos ya se calma y me mira. Me siento frente a él pero con mi fierrito bien agarrado. También me alejé un pasito o dos, porque aunque lo amarré a un poste hay que tener cuidadito. Si se suelta, ay pues tendría que correr rapidito rapidito. Estoy segura que es un poli, pero no sé qué es lo que quiere. Le doy otros dos minutitos para que sus ojos dejen de dar vueltas, intento hacerle una sonrisita pero como que me quiere echar el mal de ojo. 

       “Buen día joven,” digo porque no se me ocurre decir otra cosita. El joven se mueve muy rápido, quiere zafarse pero el mecate y la sangre ya se le pegaron en los bracitos. “Buen día joven,” repito y él me voltea a ver un poquito más calmado. “No lo había visto por aquí y yo conozco a todas las gentecitas de Milotepec. Creo que no es el hijo de ninguna comadrita,” sigo diciendo mientras niego con mi cabecita. Me acomodo porque el piso está muy duro y mi historia es un poquito larga. Le tengo que dar otro golpecito arriba del brazo izquierdo para que deje de moverse y de intentar zafarse. 

       “En un pueblito tan chiquito, todos la conocen a una y todos dicen chismes sobre su vida,” digo. “Yo nací aquí y nunca tuve papás, así que todos sabían que iba a ser una mulita. Desde los trece añitos yo ya cargaba droga, muchas veces en la pancita. Otras veces la escondía en el trajecito de algún hombre, uno de esos que te dan florecitas y te hablan bonito mientras te acarician y que ni te hablan cuando te están soplando en la carita mientras abren tus piernitas. Muchos son hombres gordos y les sobran los pesitos, esos que una necesita para la carnita del sábado o domingo, la única de la semana. 

       “Siempre te dicen que no abras tanto las piernitas y que si te dejan más que dinerito que el doctor don Melchor te ayuda con tu problemita. Pero don Melchor cobra mucho y una no siempre puede deshacerse del encargo. Por años tuve suerte y no me creció la pancita. La seguía usando sólo para guardar la droga que me daban ellos. Ellos eran dos y los dos me trataban bien. A veces me daban dinerito de más para que hiciera caldito de pollo. Claro que siempre tenía que llevarles sus platitos, pero no me importaba porque eran buena gente conmigo. 

       “Pero una vez uno tomó mucho mezcalito y terminó abriendo mis piernitas, igual que los otros hombres gordos que una tenía que aguantar para juntar lo del gasto. Él fue el que hizo que me creciera la pancita. Yo nunca junté centavitos, todo lo usaba para comida, ropita y también las cervecitas y cigarritos. Yo no podía ir con don Melchor y cuando él lo descubrió me pegó. Me dio muchas cachetadas y hasta me dio una patada en la pancita. Ay, yo sentí mucho miedo, pero no por mí. Me encariñé con mi pancita, con mi bebita que iba a nacer. Yo quería hacer todo por ella. 

       “Su amigo le dijo que me dejara, le dijo que una embarazada siempre pasa más fácil la frontera. Pasaron los mesecitos y mi pancita creció y creció. Yo cargaba con la droga en una bolsita que me colgaba en el hombro pero un día los polis me la quitaron. Don Esteban les había dado dinero para que nos quitaran la droga a todas las mulitas de don Ramiro. A muchas las golpearon pero a mí hasta eso que no me hicieron nada. Ellos me pegaron igual por perder la droga pero yo protegí mi pancita lo más que pude. Ya faltaba poquito para que naciera mi bebita, mi Clementina.” 

       Me acomodo otra vez porque el piso está muy duro. El joven apenas me mira y sus ojitos están cerrados todavía. Sólo piensa en zafarse y está sudando por la concentración. Ya no quiero darle otro golpecito y sé que si quiere escuchará el resto de mi historia. Yo sólo puedo contarla al igual que la he recordado ya por varios años. Dejo el fierro a un lado y cambio la piernita de abajo a que se esté sobre la otra. Me acomodo el chalequito sobre las espaldas y lo jalo un poquito hacia abajo. Mientras me acomodo paso salivita. Mi garganta se pone un poquito seca cuando recuerdo el pasado y ahora que lo hablo mi gargantita está más seca. 

       “¿Alguna vez ha cortado un dientecito de león joven?” pregunto pero sé que no me va a responder. “Vaya que es muy muy bonito pero se deshace también muy rapidito. Nomás necesita soplarle uno y todo se va al aire y se pierde de vista tan pronto. Así, igualita, es la vida. Yo ya no quería cargar la droga, pero sólo soy una mulita. No me la escondieron en mi bolsita ni me la escondieron en la faldita. Me la metieron por la boca. Sentí el plástico en mi gargantita y pensé que me ahogaba y cuando me dieron agua todavía sentí que me ahogaba. 

       “El paquetito de plástico con droga no estaba bien amarradito. No tenía un nudo bien hecho como el suyo joven. Todo ese polvito que salió me puso muy muy malita y no recuerdo mucho. Sólo sé que llegué con don Melchor y como por magia ya no tenía a mi hijita, igual que como decían las vecinitas. Lloré y lloré joven, lloré y mis ojitos están rojos desde entonces. Y pronto ellos me jalaron otra vez de los pelos, porque yo sólo era su animalito y si tu mula no trabaja entonces no sirve para nada. Y las mulitas son caras joven.” 

       Ay, lo rojitos que deben estar mis ojitos. Siempre se ponen más vivos cuando recuerdo a mi Clementina. Ya me ve el joven, seguro ve mi lagrimita de mi ojito. Me empieza a salir moquito pero me lo limpio con la mano. El joven ya no se mueve y me escucha. Necesito dejar de llorar y otra vez me limpio la naricita y los ojitos. Me pongo las manitas sobre la cara un momento. Agarro el tubo de metal y otra vez cambio la piernita que está arriba por la de abajo y me jalo el chalequito. 

       “Pasó mucho tiempo antes de que volviera a cargar droga joven. Y si tu mulita no carga la pones a hacer otros trucos. Después de perder a mi hijita ya no podía tener más hijos y si no tienes problemas de encargos te hacen abrir las piernitas. Yo no las abrí pero me las abrían y así fue mucho tiempo joven. Yo lloré y hasta rezaba, rezaba para poder regresar a cargar droga en mi pancita, que al fin ya sólo para eso me servía. Dejé de llorar cuando se me acabaron las lagrimitas. 

       “La droga era como agüita joven, pero no me servía ni para quitarme la sed. Me la daban antes de aguantar a cualquier hombre gordo pero sentía igual sus manos y su saliva. Lo peor era cuando mordían porque las marcas que le dejan a una la hacen sentir mucha vergüenza. Ahí me tenían como esclava y ni siquiera me tenían amarrada. Yo he sido mula y zorra y hasta buey joven. Me han cogido mucho y así hubiera terminado mi vida, en alguna cama porque a uno se le pasaron los mezcalitos y el pulque y estira y afloja hasta que rompe el juguetito. 

       “Yo estaba desmayada en una cama cuando todo pasó. Desperté porque no podía sentir mi piernita y es que encima de ella estaba un cuerpo. Había mucha sangre por todas partes y mis manitas y mis piecitos estaban pegostiosos. Me dio miedo y corrí pero me caí porque mi pierna seguía dormidita. Me arrastré entre muchos cuerpos joven, nadie se movía. Sólo nos dejaron a dos o tres vivas porque pensaron que ya estábamos muertas. Nunca nos dijeron por qué habían llegado y disparado a todos pero tampoco importaba. Sin un lugar dónde tener a las zorritas, me hicieron otra vez una mulita.” 

       Le enseño al joven un paquetito lleno de polvo blanco que me saco de la faldita. Es un condoncito amarrado con un muy buen nudo. Ni un poquito del polvo se sale de mi paquetito. Me levanto y me quedo paradita un rato porque se me durmieron las piernitas. Me acerco al basurero y pellizco el condoncito. Le sacudo encima un poco del polvito y luego dejo el resto del paquetito bien acomodadito entre las cáscaras y los cartones que hay ahí. Me siento junto al basurero, más cerca del joven. Sigo agarrando mi palito, sólo por si lo necesito de veras. 

       “La primera vez que le llevé mi droga a los muchachitos de don Esteban tenía mucho miedo joven. Ya había pasado la frontera un chorro de veces como una mulita cualquiera pero mi miedito era diferente. Sentía tantas cosquillas en mi pancita que hasta pensé que se me iban a romper los paquetitos como aquella vez y que me iba a poner otra vez muy malita. No quisieron mi droga joven. Yo insistí tanto que me dieron de cachetadas. Me han pegado tanto que unos golpecitos más no me sorprendieron. 

       “En la frontera me revisaron y no me encontraron nadita. Y aunque me hubiera tocado un poli que no trabajara para don Ramiro, yo estaba limpiecita. Ese paquetito ya lo había escondido yo muy bien joven, lo enterré en el patiecito de una vecinita. Me golpearon de nuevo cuando dije que me habían robado la droga, me golpearon y me dijeron que yo tenía que ser más cuidadosa joven. Por un rato entregué todos los demás paquetitos que me dieron, pero cada quincena pasaba por donde estaban los muchachitos de don Esteban y los saludaba y les mostraba mi paquetito de droga con una sonrisita. 

       “Unos mesecitos después por fin me hablaron. Me dijeron que me acercara y hasta un vasito de refresco me dieron. Me preguntaron que qué quería por la droga que cargaba en mi pancita. Yo les dije que nomás quería un par de pesitos para mi refresquito mientras me tomaba el que me dieron. Me tomaron mis paquetitos joven y me dieron un poquito de dinero. Luego me fui hacia el norte a ver al amigo de don Ramiro, el que me recogía la droga del otro lado de la frontera. 

       “Nunca he sido lista joven, pero ya había pensado mucho en lo que tenía que hacer ese día. Yo no tenía ni la droga ni las cachetadas que mostraban que me habían quitado la droga. Hasta llevaba unos pesitos extra escondidos en mi faldita y aunque no era mucho pues yo nunca llevaba más dinerito del que me daban para el viaje en camioncito. Me acerqué a ese esquina donde se venden las muchachitas y empecé a levantarme la faldita para que los que pasaban vieran mis piernitas. Al igual y a alguien se le antojaba pero eso no me importaba. 

       “El dueño de las muchachitas llegó pronto y me dio las cachetadas que quería. Me dijo que no me acercara otra vez a su esquina o que iba a matarme y que iba a matar a toda mi familia también. Hasta se llevó el dinerito extra que tenía. Me fui con el amigo de don Ramiro y él también me golpeó. Que ya era de costumbre que me robaran, me dijo, y que le iba a decir a don Ramiro que era tiempo de sacrificar a su mulita. Sólo estaba enojado joven, porque le digo que las mulitas son caras. 

       “Son caras por el tiempo que usas para enseñarlas a hacer lo que quieres que hagan. Son caras por la droga que usas para mantenerlas quietecitas hasta que puedan caminar sin saber hacia dónde van. Y como yo era mulita desde los trece añitos, pues ya les había costado. Me pegaron otra vez cuando volví del norte y me tuvieron un rato descansadita sin darme más droga. Sobreviví gracias a pescuecitos y menudencia de pollo, esa doña Chole es una santa. Cuando por fin me pusieron a cargar otra vez, pasé por donde estaban los muchachitos de don Esteban pero ni me acerqué a ellos.” 

       Dejo de hablar otra vez porque estoy cansadita y porque hablar de refresco me dio sed. Me pregunto si el joven tiene sed también porque el sol está bien duro y el calor también. Los dos estamos sudando y por un momentito pienso que al igual y el joven podría zafar sus manitas del nudo que le hice gracias a su sudor. Pero él no se mueve ni dice nada y de veras que ya no importa porque creo que solamente quiero terminar de contar mi historia. Ya no cambio de piernita ni me jalo el chalequito, ya estoy llegando al final. 

       “No me acerqué a los muchachitos de don Esteban porque sabía que me estaban siguiendo. Cada semanita del siguiente mes pasaba enfrente de donde estaban. Ya me habían reconocido pero yo ni los volteaba a ver. Hasta que un día se me acercó uno y me agarró del bracito. Yo grité joven, grité muy muy fuerte y hasta le di una cachetada. Los muchachitos de don Ramiro que me estaban siguiendo se acercaron. Yo grité pidiendo que no me robaran mi droga de nuevo, así que se armó la balacera joven. 

       “Todos se murieron joven, porque eso es lo que pasa cuando estás mucho tiempo con los del barrio. A mí no me tocó ninguna bala porque todos estaban ocupaditos matándose entre ellos. Yo jalé luego el cuerpo de uno de los muchachitos de don Esteban hasta un baldío que conocía por ahí y picadito picadito me fui con el amigo de don Ramiro a entregarle mi droga. Le dije que me habían querido quitar la droga y que todos se habían muerto, hasta los muchachitos que había mandado para que me protegieran. Él sólo dijo que sí con la cabeza y me dijo que me fuera para mi casita. 

       “Regresé a mi casita pero no por mucho tiempo. Con el tiempo se le quita el asco a una joven y se aprende a hacer cosas que antes no se hacían. Agarré un viejo machetito y me regresé al baldío. Le di muchos muchos machetazos joven, la carne y más el hueso son muy difíciles de cortar. Ya llevaba bolsitas de plástico para guardar todos los pedacitos. Dejé la cabecita a una cuadra del baldío y un bracito y una piernita a una cuadra de donde don Esteban iba a jugar dominó con sus amigos del municipio. Así le dejé partecitas en varios lados del pueblo joven, para que sintiera que por puro respeto tenía que matar a algunos muchachitos de don Ramiro. 

       “Los demás cuerpecitos que aparecieron ya fueron cosa de don Esteban y de don Ramiro. Sus muchachitos se mataban a balazos o a golpes cada que se encontraban en algún lugar. Don Esteban empezó a dejar pedacitos de los muchachitos de don Ramiro por todos los basureros de la región y cuando le dejaba una manita o un piecito el otro le mandaba una cabecita de alguno de sus muchachitos. También mataron a dos o tres mulitas que yo conocía y no parecía que ni don Ramiro ni don Esteban quisieran dejar de matar a los muchachitos del otro. 

       “Desenterré los paquetitos de droga que los muchachitos de don Esteban no quisieron tomar cuando fui con ellos la primera vez. Después de que le puse un poquito de droga a un sobre y lo mandé a la Procu la gente empezó a fijarse en Milotepec y nuevos polis empezaron a llegar. Las cosas se ponen feas pero supongo que de eso ya se dio cuenta joven. Pero una hace su luchita joven, apenas el otro día mandé otro sobrecito con un poquito más de droga otra vez a la Procu y le mandé un sobrecito también al periódico del estado. 

       “El cuerpecito que está aquí,” digo y le doy dos golpecitos al basurero con mi manita, el palo que tenía ya lo lancé lejos, “es el hijito de don Ramiro. Una se da cuenta de muchas cosas cuando lleva toda su vida viviendo en este pueblito. Cuándo va alguien a jugar dominó, cuándo va alguien al banco. Cuándo va alguien a la casa de las putitas. Voy a dejar aquí una piernita, luego una manita en el basurero que está a dos cuadritas. Así voy a dejar todas las bolsitas en los basureros que hay desde aquí hasta la gran casa de don Ramiro. La cabecita me la voy a llevar, a ver si se la puedo dar en persona a don Ramiro.” 

       Me paro y otra vez me espero porque mi piernita se me durmió. Me acerco al joven y aflojo el nudito que le hice. Con calma agarro la bolsa con la cabecita y otras dos bolsitas. Empiezo a caminar y siento que el joven viene detrás de mí pero yo sigo caminando igual. Él camina rápido y por fin me alcanza. Nos detenemos y nos quedamos quietecitos por un momento. Él lleva una de mis bolsitas y entonces me doy cuenta que había dejado una bolsa extra en el basurero, una que me sirve para dejar más partecitas del hijito de don Ramiro regadas por todo el pueblo. El joven me la deja en el piso y da dos pasitos hacia atrás. 

       Sí, sí es mi bolsita. Ay Dios, cómo debe estar mi carita roja roja. No importa, ya lo dije todo y ya no tengo otra cosita que ocultar. Una sonrisa, sólo mueve la cabecita. Sólo…

       “Gracias.”

Cuento Corto. Abril, 2014.

lunes, 30 de abril de 2012

... de Risa

            “No vuelvas a mirarme de esa manera”

           Casi igual a aquella frase que constantemente me decían las muchachas guapas de la preparatoria pero en un contexto diferente. Algo… solamente… diferente.

            Río y continúo con una pequeña sonrisa, “¡así es la expresión del rostro de esa imagen!... tú la conoces bien…”

            “Sí… te salió igualita…”

            Pienso en reír de nuevo pero la expresión en sus rostros me indica lo contrario, así que dejo de esbozar mi sonrisa y devuelvo mi mirada a mi vaso vacío. Constantemente nos reuníamos a divertirnos… a beber. Esta noche era diferente, sobria. Una bola de nieve de historias bizarras y hasta de terror.

            Ya no importa el comienzo, ni importa siquiera todo lo que lleva al desenlace. Todo hasta desembocar en una última historia y la historia final, la que termina en carcajadas a la luz del alba.

             Tampoco importa la hora, una madrugada que intentaba erradicar el fuego de la chimenea y, así, robar el último resquicio de calor de la habitación. Tampoco importa el lugar, las brasas alumbrando dos sillones, una mesita entre ambos y una mesa de billar al fondo.

            Éramos cinco. Ella y yo en el sillón a la derecha, yo sentado y ella recostada, su cabeza sobre mi regazo. Sus ojos clavados en mí y mis ojos todavía en mi vaso. Mi vaso en mi mano y mi mano pegada a mi brazo y mi brazo sobre el brazo del sillón.

            Dos más en el sillón frente a nosotros. Hombre y mujer. Ambos recostados y apoyándose uno sobre el otro, como colchones de hueso y músculo y piel y pellejo. El último sobre la mesa de billar, recostado también. Todos están tan cansados y todos están tan callados.

            “Bueno, pues es un dibujo realmente escalofriante,” digo para romper el silencio, “y causó una fuerte impresión en nosotros,” miro a la pareja de enfrente y sonrío un poco.

            Todos tenían historias y yo ya las conocía. Podía recitarlas como si yo mismo las hubiera vivido…

            “¿Recuerdas aquél verano en que vivimos en esa casa embrujada? Estábamos de intercambio con otro amigo y nos tocaron tres cuartos en una vieja y destartalada casa. Había tres cuartos pero utilizamos solamente uno que tenía una cama grande y que tenía un pequeño cuarto de servicio con un sucio y pequeño catre.

            Nosotros tomamos la cama y enviamos a nuestro otro amigo a dormir al catre. Nos pasamos la noche hablando y nos carcajeamos hasta inundar la habitación. Y cuando nuestras risas se habían apoderado del aire mismo la escuchamos. Una risa chillona como de niña, una chiquilla impúber compartiendo un sentimiento que pretendía ser de felicidad. Corrimos al cuarto de servicio para encontrar a nuestro amigo dormido y después de alebrestarlo y contarle lo sucedido ahí nos quedamos los tres, despiertos, hasta que inició el nuevo día…”

             “Y a la mañana siguiente, cuando le comentaron lo sucedido a la anciana dueña y ella felizmente les dijo que la casa estaba embrujada, se preguntaron cómo podía haber gente que viviera tan tranquila en lugares tan desolados.” Quise reír pero recordé que no debía hacerlo. “Igual que en aquel hostal romano,” dije mientras volteaba a ver al amigo recostado sobre la mesa de billar.

            “Es que simplemente no puedes acondicionar cualquier lugar para vivir o dar hospedaje a la gente… simplemente no puedes hacerlo. El simple hecho de pensar que la habitación en la que estás durmiendo le pertenecía a algún maniático, un loco que pudo haber sido asediado por demonios con motivos ulteriores… simplemente no puedes…

            Igual que cuando viví en el extranjero… nuestra residencia era también un antiguo psiquiátrico. Viví la única noche de brujas que nunca olvidaré, encerrado en los pasajes subterráneos de ese antiguo hospital de locos que desembocaban en geriátricos y otros lugares lúgubres y tristes. Juro que escuché ecos de voces muertas esa noche y a veces siento todavía un escalofrío muy parecido al que sentí entonces…”

            Recuerdo el hostal pero aún más a ese peculiar hombre de la recepción. Recuerdo cómo pensamos que era un fantasma, una pobre alma penando por siempre cuya única función era asustar a los turistas. Locos pensamientos, unos que en retrospectiva sonarían tontos la mayoría de las veces. La mayoría de las noches.

            “O tal vez tu casa de verano,” digo, “con esas espantosas muñecas y ese crucifijo,” siento un pequeño escalofrío recorrer mi espalda y quiero reír pero sé que no debo hacerlo. “Una locación perfecta para filmar una película de terror,” continúo y en ese momento no puedo contenerme más y río y volteo a ver a todos. Dejo de reír cuando veo sus ojos, clavados en mí todavía. “¿Vieron los videos que les recomendé hace tiempo? ¿El cortometraje de miedo sobre la madre y sus hijas?”

            “¿Tenías que recordarnos esas cosas en este momento?”

            “No comprendo por qué las caras largas,” digo y sonrío y quiero volver a reír pero no lo hago y solamente clavo mi mirada en mi vaso vacío. “Tantas historias y hablar de fenómenos ‘inexplicables’… son ilusiones, nada es real.”

            Todos siguen recostados y sin moverse. Siento un poco de frío y noto que el fuego está consumiéndose pero nada hago al respecto. Regreso mi mirada a mi vaso, un vaso vacío y pintado de rojo. Siento que no puedo dejar de mirarlo.

            Me desconecto y las voces que escucho suenan tan distantes. No muevo un solo músculo. Me siento adormilado y estoy sonriente y así me quedo, conteniendo la risa entre mis dientes. Y justo en ese momento, cuando el fuego sucumbe por fin y el primer rayo de sol entra por la ventana es cuando exploto. Las carcajadas inundan rápidamente la habitación.

            Dejo caer mi vaso, dejo que se rompa contra el piso… dejo que se termine de romper. El líquido rojo sigue escurriendo por sus paredes y me doy cuenta que estoy cubierto en él y que todos lo estamos. Miro sus rostros inertes, sus expresiones vacías. Volteo y veo su cabeza posada en mi regazo y río aún más fuerte. Paso mis manos por su rostro, su cuello, sus pechos y de vez en cuando los siento, esos… glifos que he… acuñado, como un nuevo lenguaje, en su cuerpo. Y veo mis otros glifos en los demás y sigo riendo.

            Y me pregunto cuál es el caso de seguir aquí. Todos están tan cansados, recostados y sin moverse. Y yo sigo aquí y no puedo moverme, solamente sigo riendo. Y tengo frío pero solamente sigo riendo. Y recuerdo tantas veces que me dijeron que dejara de reír pero ahora nadie puede decirme que deje de hacerlo... y reír es lo que hago y lo que seguiré haciendo.

            “Cállate… ¡ya cállate!”

            Y recuerdo ese poema y digo “nunca más… ¡nunca más!” y continúo riendo hasta que mi abdomen no puede más y la historia termina en carcajadas a la luz del alba. La historia perfecta, la coda única que podía embonar en esta canción. Y mientras la risa consume todo y la luz avanza poco a poco escucho sus distantes voces, opacas, diciéndome que me calme y que me comporte… y entre risa y risa… lo digo de nuevo…

            Nunca más…

Cuento Corto. Abril, 2012.