¡Mi primer Novela Corta, Bizarros, ya está disponible en Amazon!
¡Adquiérela ya en Español!
http://www.amazon.com/Bizarros-Spanish-Edition-J-Mtz/dp/1502829835/
Get it now in English!
http://www.amazon.com/Bizarre-J-C-Mtz/dp/1502832607/
martes, 21 de octubre de 2014
martes, 30 de septiembre de 2014
Las Seis de Seis
En honor a que estamos por entrar en la hora -o más bien en el mes -del embrujo, aquí seis historias de horror, escritas en tan sólo seis palabras:
Y entonces, ella dijo: "Es tuyo."
Después del octavo shot... me besó.
No había cómo negarlo: estaba atorado.
Grité: "¡Mátame!" La cosa lo hizo.
El bebé gruñó. Todavía tenía hambre.
Su tarjeta fue rechazada. ¿Tiene otra?
sábado, 27 de septiembre de 2014
Alijo
Vamos vamos, hacia el final del camión. Faltan un par de pasos, sólo un par de pasitos más. Zonza, tú querías cargarte bien y bonito las bolsas, evitarte ese último viaje, ¿no es cierto? Bueno, ya no importa. Ya te sentaste, sólo respira y descansa un poquito. Sólo agarra bien las una dos tres cuatro… ¿y mi otra bolsa? De acuerdo, no abras tanto los ojos queridita, ciérralos un poco. Ahí está, tranquila, justo a la mitad del camino. No, no, ¿qué está haciendo? No tiene por qué ayudarme joven, no se levante de su asiento. No, no tome la bolsa. Bueno, ya te vio. Tranquila… sí, sí es mi bolsita. Ay Dios, cómo debe estar mi carita roja roja. No importa, ya viene. Una sonrisa, sólo di que sí con la cabecita. Sólo…
“Gracias.”
Milotepec es un pueblo muy chiquito. La gente ni sabría su nombre si no estuviera en el periódico. Sólo era un poquitito de droga, pero la enviaron por correo a las oficinas de la Procu y eso ya cala. Quién sabe por qué la enviaron, al igual y sólo era una bromita. Siempre venían polis, por su droga o su dinerito, pero ahora venían por los cuerpos. Bueno, los pedacitos… unos por aquí y otros por allá. Es triste cuando escuchas a la vecina decir que encontraron una cabecita en el baldío de la esquina, que encontraron un piecito o una manita en la cancha de futbol. Ya todos viven quitaditos de la pena, viendo la violencia tan normal. Tan casual.
Y es que Milotepec es un pueblito de mulas y burros. La mayoría se come la droga y la lleva en la pancita. Todos saben que es peligroso pero aquí no hay más trabajo que de carga. Y ahora todo es más difícil, con tantos ojitos observándole a una y tantos extraños en nuestros caminos de tierra. Como ese joven que me recogió mi bolsita, creo que está volteando a verme. O tal vez sólo es el miedito de que alguien descubra lo que llevo. Aunque no es mi parada me bajo. Agarra todas tus bolsas queridita, arriba a tocar el timbre, abajo del camioncito.
No es mi parada pero conozco a todas las vecinitas. María está comprando unas flores de cempasúchil porque es viernes y seguramente visitará a su familia en el panteón. Pobrecita, solamente le queda un hermanito que ya está bien metido con los del barrio. Doña Meche vende sus pitahayas y sus melones y algunos mangos. Antes yo le compraba rabanitos y chayote pero tiene mucho que no hago ni pozole ni caldito de pollo. Gracielita, la abuelita del pueblo, está con su carrito de nopal y perejil en su pequeña esquina. Su chicharrón es bien sabroso. La pollería sigue regalando pescuecitos y menudencia, esa doña Chole es una santa.
Doy un par de vueltecitas y veo al jovencito que me está siguiendo. Pero estoy cansadita y ya estoy llegando al basurero, así que sólo sigo. Por fin dejo mis cinco bolsitas. No me paro a acomodarlas, me voy caminando picadito picadito. Ay, pensara seguro que iba a encontrar droga en las bolsas el jovencito. Pero lo que tienen es algo peor. Me doy vuelta y lo veo blanco blanco del susto, tiene en sus manos la cabecita que corté en la mañana. Yo ya agarré un fierrito que encontré y que es como un largo tubito de donde cuelgan las cortinas de una casita. Le doy un buen golpe, justo en la frentecita, y él se cae hacia atrás.
He visto tantos golpes que sé que tengo que hacerlo rapidito. Saco un mecate de una de mis bolsitas y amarro sus manos. La sangrita está pegostiosa pero si aprieto fuerte el nudo no se zafará. Después de dos minutitos ya se calma y me mira. Me siento frente a él pero con mi fierrito bien agarrado. También me alejé un pasito o dos, porque aunque lo amarré a un poste hay que tener cuidadito. Si se suelta, ay pues tendría que correr rapidito rapidito. Estoy segura que es un poli, pero no sé qué es lo que quiere. Le doy otros dos minutitos para que sus ojos dejen de dar vueltas, intento hacerle una sonrisita pero como que me quiere echar el mal de ojo.
“Buen día joven,” digo porque no se me ocurre decir otra cosita. El joven se mueve muy rápido, quiere zafarse pero el mecate y la sangre ya se le pegaron en los bracitos. “Buen día joven,” repito y él me voltea a ver un poquito más calmado. “No lo había visto por aquí y yo conozco a todas las gentecitas de Milotepec. Creo que no es el hijo de ninguna comadrita,” sigo diciendo mientras niego con mi cabecita. Me acomodo porque el piso está muy duro y mi historia es un poquito larga. Le tengo que dar otro golpecito arriba del brazo izquierdo para que deje de moverse y de intentar zafarse.
“En un pueblito tan chiquito, todos la conocen a una y todos dicen chismes sobre su vida,” digo. “Yo nací aquí y nunca tuve papás, así que todos sabían que iba a ser una mulita. Desde los trece añitos yo ya cargaba droga, muchas veces en la pancita. Otras veces la escondía en el trajecito de algún hombre, uno de esos que te dan florecitas y te hablan bonito mientras te acarician y que ni te hablan cuando te están soplando en la carita mientras abren tus piernitas. Muchos son hombres gordos y les sobran los pesitos, esos que una necesita para la carnita del sábado o domingo, la única de la semana.
“Siempre te dicen que no abras tanto las piernitas y que si te dejan más que dinerito que el doctor don Melchor te ayuda con tu problemita. Pero don Melchor cobra mucho y una no siempre puede deshacerse del encargo. Por años tuve suerte y no me creció la pancita. La seguía usando sólo para guardar la droga que me daban ellos. Ellos eran dos y los dos me trataban bien. A veces me daban dinerito de más para que hiciera caldito de pollo. Claro que siempre tenía que llevarles sus platitos, pero no me importaba porque eran buena gente conmigo.
“Pero una vez uno tomó mucho mezcalito y terminó abriendo mis piernitas, igual que los otros hombres gordos que una tenía que aguantar para juntar lo del gasto. Él fue el que hizo que me creciera la pancita. Yo nunca junté centavitos, todo lo usaba para comida, ropita y también las cervecitas y cigarritos. Yo no podía ir con don Melchor y cuando él lo descubrió me pegó. Me dio muchas cachetadas y hasta me dio una patada en la pancita. Ay, yo sentí mucho miedo, pero no por mí. Me encariñé con mi pancita, con mi bebita que iba a nacer. Yo quería hacer todo por ella.
“Su amigo le dijo que me dejara, le dijo que una embarazada siempre pasa más fácil la frontera. Pasaron los mesecitos y mi pancita creció y creció. Yo cargaba con la droga en una bolsita que me colgaba en el hombro pero un día los polis me la quitaron. Don Esteban les había dado dinero para que nos quitaran la droga a todas las mulitas de don Ramiro. A muchas las golpearon pero a mí hasta eso que no me hicieron nada. Ellos me pegaron igual por perder la droga pero yo protegí mi pancita lo más que pude. Ya faltaba poquito para que naciera mi bebita, mi Clementina.”
Me acomodo otra vez porque el piso está muy duro. El joven apenas me mira y sus ojitos están cerrados todavía. Sólo piensa en zafarse y está sudando por la concentración. Ya no quiero darle otro golpecito y sé que si quiere escuchará el resto de mi historia. Yo sólo puedo contarla al igual que la he recordado ya por varios años. Dejo el fierro a un lado y cambio la piernita de abajo a que se esté sobre la otra. Me acomodo el chalequito sobre las espaldas y lo jalo un poquito hacia abajo. Mientras me acomodo paso salivita. Mi garganta se pone un poquito seca cuando recuerdo el pasado y ahora que lo hablo mi gargantita está más seca.
“¿Alguna vez ha cortado un dientecito de león joven?” pregunto pero sé que no me va a responder. “Vaya que es muy muy bonito pero se deshace también muy rapidito. Nomás necesita soplarle uno y todo se va al aire y se pierde de vista tan pronto. Así, igualita, es la vida. Yo ya no quería cargar la droga, pero sólo soy una mulita. No me la escondieron en mi bolsita ni me la escondieron en la faldita. Me la metieron por la boca. Sentí el plástico en mi gargantita y pensé que me ahogaba y cuando me dieron agua todavía sentí que me ahogaba.
“El paquetito de plástico con droga no estaba bien amarradito. No tenía un nudo bien hecho como el suyo joven. Todo ese polvito que salió me puso muy muy malita y no recuerdo mucho. Sólo sé que llegué con don Melchor y como por magia ya no tenía a mi hijita, igual que como decían las vecinitas. Lloré y lloré joven, lloré y mis ojitos están rojos desde entonces. Y pronto ellos me jalaron otra vez de los pelos, porque yo sólo era su animalito y si tu mula no trabaja entonces no sirve para nada. Y las mulitas son caras joven.”
Ay, lo rojitos que deben estar mis ojitos. Siempre se ponen más vivos cuando recuerdo a mi Clementina. Ya me ve el joven, seguro ve mi lagrimita de mi ojito. Me empieza a salir moquito pero me lo limpio con la mano. El joven ya no se mueve y me escucha. Necesito dejar de llorar y otra vez me limpio la naricita y los ojitos. Me pongo las manitas sobre la cara un momento. Agarro el tubo de metal y otra vez cambio la piernita que está arriba por la de abajo y me jalo el chalequito.
“Pasó mucho tiempo antes de que volviera a cargar droga joven. Y si tu mulita no carga la pones a hacer otros trucos. Después de perder a mi hijita ya no podía tener más hijos y si no tienes problemas de encargos te hacen abrir las piernitas. Yo no las abrí pero me las abrían y así fue mucho tiempo joven. Yo lloré y hasta rezaba, rezaba para poder regresar a cargar droga en mi pancita, que al fin ya sólo para eso me servía. Dejé de llorar cuando se me acabaron las lagrimitas.
“La droga era como agüita joven, pero no me servía ni para quitarme la sed. Me la daban antes de aguantar a cualquier hombre gordo pero sentía igual sus manos y su saliva. Lo peor era cuando mordían porque las marcas que le dejan a una la hacen sentir mucha vergüenza. Ahí me tenían como esclava y ni siquiera me tenían amarrada. Yo he sido mula y zorra y hasta buey joven. Me han cogido mucho y así hubiera terminado mi vida, en alguna cama porque a uno se le pasaron los mezcalitos y el pulque y estira y afloja hasta que rompe el juguetito.
“Yo estaba desmayada en una cama cuando todo pasó. Desperté porque no podía sentir mi piernita y es que encima de ella estaba un cuerpo. Había mucha sangre por todas partes y mis manitas y mis piecitos estaban pegostiosos. Me dio miedo y corrí pero me caí porque mi pierna seguía dormidita. Me arrastré entre muchos cuerpos joven, nadie se movía. Sólo nos dejaron a dos o tres vivas porque pensaron que ya estábamos muertas. Nunca nos dijeron por qué habían llegado y disparado a todos pero tampoco importaba. Sin un lugar dónde tener a las zorritas, me hicieron otra vez una mulita.”
Le enseño al joven un paquetito lleno de polvo blanco que me saco de la faldita. Es un condoncito amarrado con un muy buen nudo. Ni un poquito del polvo se sale de mi paquetito. Me levanto y me quedo paradita un rato porque se me durmieron las piernitas. Me acerco al basurero y pellizco el condoncito. Le sacudo encima un poco del polvito y luego dejo el resto del paquetito bien acomodadito entre las cáscaras y los cartones que hay ahí. Me siento junto al basurero, más cerca del joven. Sigo agarrando mi palito, sólo por si lo necesito de veras.
“La primera vez que le llevé mi droga a los muchachitos de don Esteban tenía mucho miedo joven. Ya había pasado la frontera un chorro de veces como una mulita cualquiera pero mi miedito era diferente. Sentía tantas cosquillas en mi pancita que hasta pensé que se me iban a romper los paquetitos como aquella vez y que me iba a poner otra vez muy malita. No quisieron mi droga joven. Yo insistí tanto que me dieron de cachetadas. Me han pegado tanto que unos golpecitos más no me sorprendieron.
“En la frontera me revisaron y no me encontraron nadita. Y aunque me hubiera tocado un poli que no trabajara para don Ramiro, yo estaba limpiecita. Ese paquetito ya lo había escondido yo muy bien joven, lo enterré en el patiecito de una vecinita. Me golpearon de nuevo cuando dije que me habían robado la droga, me golpearon y me dijeron que yo tenía que ser más cuidadosa joven. Por un rato entregué todos los demás paquetitos que me dieron, pero cada quincena pasaba por donde estaban los muchachitos de don Esteban y los saludaba y les mostraba mi paquetito de droga con una sonrisita.
“Unos mesecitos después por fin me hablaron. Me dijeron que me acercara y hasta un vasito de refresco me dieron. Me preguntaron que qué quería por la droga que cargaba en mi pancita. Yo les dije que nomás quería un par de pesitos para mi refresquito mientras me tomaba el que me dieron. Me tomaron mis paquetitos joven y me dieron un poquito de dinero. Luego me fui hacia el norte a ver al amigo de don Ramiro, el que me recogía la droga del otro lado de la frontera.
“Nunca he sido lista joven, pero ya había pensado mucho en lo que tenía que hacer ese día. Yo no tenía ni la droga ni las cachetadas que mostraban que me habían quitado la droga. Hasta llevaba unos pesitos extra escondidos en mi faldita y aunque no era mucho pues yo nunca llevaba más dinerito del que me daban para el viaje en camioncito. Me acerqué a ese esquina donde se venden las muchachitas y empecé a levantarme la faldita para que los que pasaban vieran mis piernitas. Al igual y a alguien se le antojaba pero eso no me importaba.
“El dueño de las muchachitas llegó pronto y me dio las cachetadas que quería. Me dijo que no me acercara otra vez a su esquina o que iba a matarme y que iba a matar a toda mi familia también. Hasta se llevó el dinerito extra que tenía. Me fui con el amigo de don Ramiro y él también me golpeó. Que ya era de costumbre que me robaran, me dijo, y que le iba a decir a don Ramiro que era tiempo de sacrificar a su mulita. Sólo estaba enojado joven, porque le digo que las mulitas son caras.
“Son caras por el tiempo que usas para enseñarlas a hacer lo que quieres que hagan. Son caras por la droga que usas para mantenerlas quietecitas hasta que puedan caminar sin saber hacia dónde van. Y como yo era mulita desde los trece añitos, pues ya les había costado. Me pegaron otra vez cuando volví del norte y me tuvieron un rato descansadita sin darme más droga. Sobreviví gracias a pescuecitos y menudencia de pollo, esa doña Chole es una santa. Cuando por fin me pusieron a cargar otra vez, pasé por donde estaban los muchachitos de don Esteban pero ni me acerqué a ellos.”
Dejo de hablar otra vez porque estoy cansadita y porque hablar de refresco me dio sed. Me pregunto si el joven tiene sed también porque el sol está bien duro y el calor también. Los dos estamos sudando y por un momentito pienso que al igual y el joven podría zafar sus manitas del nudo que le hice gracias a su sudor. Pero él no se mueve ni dice nada y de veras que ya no importa porque creo que solamente quiero terminar de contar mi historia. Ya no cambio de piernita ni me jalo el chalequito, ya estoy llegando al final.
“No me acerqué a los muchachitos de don Esteban porque sabía que me estaban siguiendo. Cada semanita del siguiente mes pasaba enfrente de donde estaban. Ya me habían reconocido pero yo ni los volteaba a ver. Hasta que un día se me acercó uno y me agarró del bracito. Yo grité joven, grité muy muy fuerte y hasta le di una cachetada. Los muchachitos de don Ramiro que me estaban siguiendo se acercaron. Yo grité pidiendo que no me robaran mi droga de nuevo, así que se armó la balacera joven.
“Todos se murieron joven, porque eso es lo que pasa cuando estás mucho tiempo con los del barrio. A mí no me tocó ninguna bala porque todos estaban ocupaditos matándose entre ellos. Yo jalé luego el cuerpo de uno de los muchachitos de don Esteban hasta un baldío que conocía por ahí y picadito picadito me fui con el amigo de don Ramiro a entregarle mi droga. Le dije que me habían querido quitar la droga y que todos se habían muerto, hasta los muchachitos que había mandado para que me protegieran. Él sólo dijo que sí con la cabeza y me dijo que me fuera para mi casita.
“Regresé a mi casita pero no por mucho tiempo. Con el tiempo se le quita el asco a una joven y se aprende a hacer cosas que antes no se hacían. Agarré un viejo machetito y me regresé al baldío. Le di muchos muchos machetazos joven, la carne y más el hueso son muy difíciles de cortar. Ya llevaba bolsitas de plástico para guardar todos los pedacitos. Dejé la cabecita a una cuadra del baldío y un bracito y una piernita a una cuadra de donde don Esteban iba a jugar dominó con sus amigos del municipio. Así le dejé partecitas en varios lados del pueblo joven, para que sintiera que por puro respeto tenía que matar a algunos muchachitos de don Ramiro.
“Los demás cuerpecitos que aparecieron ya fueron cosa de don Esteban y de don Ramiro. Sus muchachitos se mataban a balazos o a golpes cada que se encontraban en algún lugar. Don Esteban empezó a dejar pedacitos de los muchachitos de don Ramiro por todos los basureros de la región y cuando le dejaba una manita o un piecito el otro le mandaba una cabecita de alguno de sus muchachitos. También mataron a dos o tres mulitas que yo conocía y no parecía que ni don Ramiro ni don Esteban quisieran dejar de matar a los muchachitos del otro.
“Desenterré los paquetitos de droga que los muchachitos de don Esteban no quisieron tomar cuando fui con ellos la primera vez. Después de que le puse un poquito de droga a un sobre y lo mandé a la Procu la gente empezó a fijarse en Milotepec y nuevos polis empezaron a llegar. Las cosas se ponen feas pero supongo que de eso ya se dio cuenta joven. Pero una hace su luchita joven, apenas el otro día mandé otro sobrecito con un poquito más de droga otra vez a la Procu y le mandé un sobrecito también al periódico del estado.
“El cuerpecito que está aquí,” digo y le doy dos golpecitos al basurero con mi manita, el palo que tenía ya lo lancé lejos, “es el hijito de don Ramiro. Una se da cuenta de muchas cosas cuando lleva toda su vida viviendo en este pueblito. Cuándo va alguien a jugar dominó, cuándo va alguien al banco. Cuándo va alguien a la casa de las putitas. Voy a dejar aquí una piernita, luego una manita en el basurero que está a dos cuadritas. Así voy a dejar todas las bolsitas en los basureros que hay desde aquí hasta la gran casa de don Ramiro. La cabecita me la voy a llevar, a ver si se la puedo dar en persona a don Ramiro.”
Me paro y otra vez me espero porque mi piernita se me durmió. Me acerco al joven y aflojo el nudito que le hice. Con calma agarro la bolsa con la cabecita y otras dos bolsitas. Empiezo a caminar y siento que el joven viene detrás de mí pero yo sigo caminando igual. Él camina rápido y por fin me alcanza. Nos detenemos y nos quedamos quietecitos por un momento. Él lleva una de mis bolsitas y entonces me doy cuenta que había dejado una bolsa extra en el basurero, una que me sirve para dejar más partecitas del hijito de don Ramiro regadas por todo el pueblo. El joven me la deja en el piso y da dos pasitos hacia atrás.
Sí, sí es mi bolsita. Ay Dios, cómo debe estar mi carita roja roja. No importa, ya lo dije todo y ya no tengo otra cosita que ocultar. Una sonrisa, sólo mueve la cabecita. Sólo…
“Gracias.”
Cuento Corto. Abril, 2014.
lunes, 30 de abril de 2012
... de Risa
“No vuelvas a mirarme de esa manera”
Casi igual a aquella frase que
constantemente me decían las muchachas guapas de la preparatoria pero en un
contexto diferente. Algo… solamente… diferente.
Río y continúo con una pequeña
sonrisa, “¡así es la expresión del rostro de esa imagen!... tú la conoces bien…”
“Sí…
te salió igualita…”
Pienso en reír de nuevo pero la
expresión en sus rostros me indica lo contrario, así que dejo de esbozar mi
sonrisa y devuelvo mi mirada a mi vaso vacío. Constantemente nos reuníamos a
divertirnos… a beber. Esta noche era diferente, sobria. Una bola de nieve de
historias bizarras y hasta de terror.
Ya no importa el comienzo, ni
importa siquiera todo lo que lleva al desenlace. Todo hasta desembocar en una
última historia y la historia final, la que termina en carcajadas a la luz del
alba.
Tampoco importa la hora, una madrugada que
intentaba erradicar el fuego de la chimenea y, así, robar el último resquicio
de calor de la habitación. Tampoco importa el lugar, las brasas alumbrando dos
sillones, una mesita entre ambos y una mesa de billar al fondo.
Éramos cinco. Ella y yo en el sillón
a la derecha, yo sentado y ella recostada, su cabeza sobre mi regazo. Sus ojos
clavados en mí y mis ojos todavía en mi vaso. Mi vaso en mi mano y mi mano
pegada a mi brazo y mi brazo sobre el brazo del sillón.
Dos más en el sillón frente a
nosotros. Hombre y mujer. Ambos recostados y apoyándose uno sobre el otro, como
colchones de hueso y músculo y piel y pellejo. El último sobre la mesa de
billar, recostado también. Todos están tan cansados y todos están tan callados.
“Bueno, pues es un dibujo realmente
escalofriante,” digo para romper el silencio, “y causó una fuerte impresión en
nosotros,” miro a la pareja de enfrente y sonrío un poco.
Todos tenían historias y yo ya las
conocía. Podía recitarlas como si yo mismo las hubiera vivido…
“¿Recuerdas
aquél verano en que vivimos en esa casa embrujada? Estábamos de intercambio con
otro amigo y nos tocaron tres cuartos en una vieja y destartalada casa. Había
tres cuartos pero utilizamos solamente uno que tenía una cama grande y que
tenía un pequeño cuarto de servicio con un sucio y pequeño catre.
Nosotros
tomamos la cama y enviamos a nuestro otro amigo a dormir al catre. Nos pasamos
la noche hablando y nos carcajeamos hasta inundar la habitación. Y cuando
nuestras risas se habían apoderado del aire mismo la escuchamos. Una risa
chillona como de niña, una chiquilla impúber compartiendo un sentimiento que
pretendía ser de felicidad. Corrimos al cuarto de servicio para encontrar a
nuestro amigo dormido y después de alebrestarlo y contarle lo sucedido ahí nos
quedamos los tres, despiertos, hasta que inició el nuevo día…”
“Y a la mañana siguiente, cuando le comentaron
lo sucedido a la anciana dueña y ella felizmente les dijo que la casa estaba
embrujada, se preguntaron cómo podía haber gente que viviera tan tranquila en
lugares tan desolados.” Quise reír pero recordé que no debía hacerlo. “Igual
que en aquel hostal romano,” dije mientras volteaba a ver al amigo recostado
sobre la mesa de billar.
“Es
que simplemente no puedes acondicionar cualquier lugar para vivir o dar
hospedaje a la gente… simplemente no puedes hacerlo. El simple hecho de pensar que
la habitación en la que estás durmiendo le pertenecía a algún maniático, un
loco que pudo haber sido asediado por demonios con motivos ulteriores…
simplemente no puedes…
Igual
que cuando viví en el extranjero… nuestra residencia era también un antiguo
psiquiátrico. Viví la única noche de brujas que nunca olvidaré, encerrado en
los pasajes subterráneos de ese antiguo hospital de locos que desembocaban en
geriátricos y otros lugares lúgubres y tristes. Juro que escuché ecos de voces
muertas esa noche y a veces siento todavía un escalofrío muy parecido al que
sentí entonces…”
Recuerdo el hostal pero aún más a
ese peculiar hombre de la recepción. Recuerdo cómo pensamos que era un
fantasma, una pobre alma penando por siempre cuya única función era asustar a
los turistas. Locos pensamientos, unos que en retrospectiva sonarían tontos la
mayoría de las veces. La mayoría de las noches.
“O tal vez tu casa de verano,” digo,
“con esas espantosas muñecas y ese crucifijo,” siento un pequeño escalofrío
recorrer mi espalda y quiero reír pero sé que no debo hacerlo. “Una locación
perfecta para filmar una película de terror,” continúo y en ese momento no
puedo contenerme más y río y volteo a ver a todos. Dejo de reír cuando veo sus
ojos, clavados en mí todavía. “¿Vieron los videos que les recomendé hace tiempo?
¿El cortometraje de miedo sobre la madre
y sus hijas?”
“¿Tenías
que recordarnos esas cosas en este momento?”
“No comprendo por qué las caras
largas,” digo y sonrío y quiero volver a reír pero no lo hago y solamente clavo
mi mirada en mi vaso vacío. “Tantas historias y hablar de fenómenos
‘inexplicables’… son ilusiones, nada es real.”
Todos siguen recostados y sin
moverse. Siento un poco de frío y noto que el fuego está consumiéndose pero
nada hago al respecto. Regreso mi mirada a mi vaso, un vaso vacío y pintado de
rojo. Siento que no puedo dejar de mirarlo.
Me desconecto y las voces que
escucho suenan tan distantes. No muevo un solo músculo. Me siento adormilado y
estoy sonriente y así me quedo, conteniendo la risa entre mis dientes. Y justo
en ese momento, cuando el fuego sucumbe por fin y el primer rayo de sol entra
por la ventana es cuando exploto. Las carcajadas inundan rápidamente la
habitación.
Dejo caer mi vaso, dejo que se rompa
contra el piso… dejo que se termine de romper. El líquido rojo sigue
escurriendo por sus paredes y me doy cuenta que estoy cubierto en él y que
todos lo estamos. Miro sus rostros inertes, sus expresiones vacías. Volteo y
veo su cabeza posada en mi regazo y río aún más fuerte. Paso mis manos por su
rostro, su cuello, sus pechos y de vez en cuando los siento, esos… glifos que
he… acuñado, como un nuevo lenguaje, en su cuerpo. Y veo mis otros glifos en
los demás y sigo riendo.
Y me pregunto cuál es el caso de
seguir aquí. Todos están tan cansados, recostados y sin moverse. Y yo sigo aquí y no
puedo moverme, solamente sigo riendo. Y tengo frío pero solamente sigo riendo.
Y recuerdo tantas veces que me dijeron que dejara de reír pero ahora nadie
puede decirme que deje de hacerlo... y reír es lo que hago y lo que seguiré
haciendo.
“Cállate…
¡ya cállate!”
Y recuerdo ese poema y digo “nunca
más… ¡nunca más!” y continúo riendo hasta que mi abdomen no puede más y la historia
termina en carcajadas a la luz del alba. La historia perfecta, la coda única
que podía embonar en esta canción. Y mientras la risa consume todo y la luz avanza
poco a poco escucho sus distantes voces, opacas, diciéndome que me calme y que
me comporte… y entre risa y risa… lo digo de nuevo…
Nunca más…
Cuento Corto. Abril, 2012.
Cuento Corto. Abril, 2012.
sábado, 31 de marzo de 2012
Causas...
... de Fuerza Mayor, principalmente el hecho de estar trabajando. No dejaré de escribir pero ahora haré una entrada por mes solamente. El trabajo es interesante y el equipo es agradable pero, como con muchos proyectos, la planeación de nuestro gerente exige jornadas de 10+ horas para lograr los ridículos tiempos de entrega.
¿ Está mal no querer trabajar doce horas al día ? ¿ Querer tener una vida equilibrada en donde haya tiempo para el trabajo, la diversión y el descanso ? A veces pienso que el problema soy yo, que yo estoy mal por ser el elemento subversivo cuyo trabajo puede peligrar a pesar de ser eficiente al hacerlo. De una u otra manera yo seguiré siendo rebelde y pondré límites... aguas más dulces y cálidas he de encontrar... y seguiré aprovechando la experiencia que pueda adquirir, todo el conocimiento del que me pueda hacer.
miércoles, 29 de febrero de 2012
Sesenta
Un año. Cinco entradas por mes. Sesenta entradas. Hay que celebrar con un rico pastel de chocolate.
¡ Provechito y salud !
domingo, 26 de febrero de 2012
Servicios de Gobierno
Después de haber tenido una experiencia casi religiosa al inscribirme en el Registro Federal de Contribuyentes (para comenzar a pagar impuestos... ¡ sí que sí !) sentí que debía aportar algunas ideas para agilizar los trámites. Aquí una carta que dirigí a la Secretaría:
" A través del presente escrito deseo, respetuosamente, hacer el siguiente comentario:
Soy un joven que empezará a laborar por lo que me vi obligado a inscribirme en el Registro Federal de Contribuyentes. Acudí al sitio web del SAT para conocer los requisitos y procedimiento para hacerlo. Anoté los documentos solicitados y procedí a llenar la Solicitud de Preinscripción.
Concerté una cita para realizar el trámite completo. Cuando llegué a la oficina que me correspondía del SAT me encontré con una enorme fila de personas que también habían concertado una cita. La espera fue larga y la mala vibra de la gente era evidente y es que el simple hecho de tener que hacer fila a pesar de tener cita es molesto. Al menos cinco personas teníamos el mismo horario para ser atendidos, lo cual es comprensible pues pude darme cuenta de que iban a realizar diversos trámites.
Fuimos atendidos después de la hora señalada y mi sorpresa fue aún mayor cuando vi que la cita solamente otorgaba la posibilidad de obtener un turno de acuerdo al trámite solicitado. Ni siquiera había una división por trámites, todas las personas llegábamos al mismo escritorio para solicitar un turno.
Creo que desde que se concierta la cita en internet se debería dar a las personas un número de módulo al cual pasar directamente, dedicado a cada tipo de trámite que se va a realizar.
Cuando, después de algunos minutos más, por fin pasé al módulo indicado en el turno lo primero que hizo la señorita que me atendió fue comenzar a hacerme preguntas para ir llenando la Solicitud de Preinscripción, a lo que argumenté que yo ya la había llenado en internet para agilizar el trámite. Sonriendo se dedicó a concluir su llenado. No sé si no quiso comprobar mis datos o tal vez había un error en el sistema, pues éste debería indicar cuándo una Solicitud ya está debidamente llenada. Después de contestar de nuevo todas las preguntas, la señorita me pidió copias de varios documentos. Cabe mencionar que dichas copias no habían sido solicitadas en la lista de documentos necesarios del sitio web del SAT, ahí se mencionan sólo originales. Sin embargo, llevé copias por si eran requeridas.
Pude darme cuenta que la información sería digitalizada por lo que creo que no se deberían sacar tantas copias y gastar tanta papelería si los documentos van a terminar siendo escaneados para ser archivados digitalmente. Todas las copias tuvieron que ser firmadas y ratificadas –o sea, firmadas de nuevo justamente junto a la primera firma – y éstas son aceptadas incluso si las firmas se ven, en el mejor de los casos, similares. Todo el papeleo, la espera y el trámite fue un proceso de más de cuarenta minutos.
Sinceramente pienso que todo el proceso podría ser mucho más ágil y que podría hacerse completamente por internet. Si el ir a la oficina es una manera de asegurar que el interesado es quien realiza el proceso se podría sencillamente poner algún tipo de terminal en donde –habiendo llenado la Solicitud de Preinscripción y enviado la documentación necesaria por internet –una persona verifique la identidad del interesado, busque sus datos en el sistema –un sistema que funcione bien –, al encontrarlo le pida a la persona que verifique sus datos y, al estar de acuerdo, provea su huella digital –así asegurando su identidad mejor que mediante una firma –y la terminal le imprima su constancia de registro. Dicho proceso se reduciría de más de cuarenta a cinco o diez minutos.
Si una persona no puede dar de alta su información por desconocimiento de la tecnología se podría contar con la guía adecuada en un módulo anexo, donde podría llenarse la solicitud y escanearse de una vez la información solicitada. De esta manera además de hacer más eficiente el proceso se ahorra tiempo, papel y, desde luego, las largas filas de personas que sólo van a inscribirse en el Registro Federal de Contribuyentes.
No sé si estos comentarios lleguen a su destino, mi intención es aportar una idea para tratar de agilizar un trámite que en lo particular me generó tres horas perdidas entre desplazarme a la oficina y esperar que me atendieran."
Esta situación no es exclusiva de nuestro país pero podríamos intentar mejorar, hacer que las cosas cambien. Yo aquí estoy poniendo mi granito de arena.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)